Dicen que la sospecha es como la humedad, al principio es una mancha pequeña en la pared, casi decorativa… hasta que un día se te cae el techo encima. Y en esta España de cartón piedra, levantada a toda prisa por un gobierno Frankenstein, la humedad ya no se disimula ni con informes oficiales ni con comparecencias tardías.
La investigación de la UCO no acusa, sugiere. No señala, insinúa. Pero las insinuaciones, cuando se repiten, acaban pareciendo un mapa. Y en ese mapa empiezan a verse los mimbres de algo muy serio, con adjudicaciones que chirrían, nombres que se repiten y casualidades tan perfectas que ni la ficción se atrevería a firmarlas.
Llamadme conspiranoico, no sería la primera vez, pero uno no puede evitar arquear la ceja cuando observa que donde una gran empresa solvente gestiona, los trenes circulan, y donde aparece una adjudicación más… creativa, con amistades, intermediarios y vínculos familiares, los trenes acaban fuera de la vía. Casualidad, dicen. Claro. También lo era que siempre lloviera cuando había goteras.
Mientras tanto, el sainete institucional avanza, con antiguos cargos investigados, otros señalados, dimisiones que llegan tarde y ministros que nunca debieron llegar. Y el presidente, ausente unos días, lo justo para que el escándalo madure, reaparece para “asumir responsabilidades”, esa expresión mágica que en política significa exactamente lo contrario, o sea, asumir nada.
Como decía tu abuela, y la mía: «blanco y en botella».
Y añadía otra: la cara es el espejo del alma. Quizá por eso el rostro del poder empieza a mostrar un desgaste que ni el maquillaje institucional logra tapar. No es cansancio, es peso. El peso de demasiadas explicaciones pendientes.
Nos gobierna, probablemente, la generación política menos preparada de nuestra historia reciente, pero eso sí, con chófer, coche oficial y cristales tintados. Ellos avanzan por autopista mientras el país descarrila entre infraestructuras mal mantenidas, decisiones opacas y una ciudadanía cada vez más harta de que le llamen “casualidad” a lo que parece patrón.
La gran pregunta ya no es qué está pasando, sino cuánto tiempo más tardará la justicia en alcanzar a quienes se creen intocables. Porque la sombra de la sospecha no desaparece con discursos, o se disipa con transparencia… o acaba convirtiéndose en noche cerrada.
Y en esta noche, cada vez somos más los que pensamos que el problema no es que falte luz.
Es que algunos llevan demasiado tiempo viviendo a oscuras… y muy cómodos.
Salva Cerezo