Dicen que cuando alguien presume demasiado de ir ganando… conviene mirar debajo de la mesa. No vaya a ser que, más que una partida limpia, estemos asistiendo a una exhibición de ilusionismo político con cartas marcadas.
Porque escuchar a Pedro Sánchez sacar pecho hablando de “media legislatura cumplida” tiene algo de comedia negra. Una especie de brindis en cubierta mientras el barco hace agua por varias vías… y no precisamente pequeñas.
El problema no es solo la resistencia numantina al desgaste electoral, que ya tiene mérito, sino el aroma persistente a maniobra. A jugada larga. A ese “mantenerse como sea” que en política suele traducirse en una creatividad normativa digna del mejor trilero de mercadillo.
Primero fue el intento del DNI digital para votar, esa modernidad súbita que parecía más interesada en el resultado que en la garantía. Casualidad o no, la idea cayó con la misma rapidez con la que fue presentada. Pero cuando un truco no funciona, el ilusionista no abandona el escenario… cambia de sombrero.
Y ahí empiezan a salir los conejos.
Regularizaciones masivas, ampliaciones de censos, nacionalidades concedidas como si fueran cupones de fidelización… Todo envuelto en el lenguaje amable de la integración, la memoria histórica a los nietos de exiliados por la guerra civil, aunque no hayan pisado España en su vida y mucho menos hayan cotizado un solo euro o la justicia social con la regularización masiva de inmigrantes, conceptos nobles que, curiosamente, siempre aparecen en vísperas de necesidad política. Porque una cosa es integrar y otra muy distinta es calcular.
El mensaje implícito parece claro, si el electorado no responde, se redefine. Si las urnas no convencen, se ensancha el censo. Y si la realidad es incómoda, se reinterpreta. Todo muy siglo XXI, todo muy flexible… todo muy conveniente.
Mientras tanto, el ciudadano de a pie, ese que paga, calla y observa, empieza a tener la incómoda sensación de que la democracia se parece cada vez más a una partida donde las reglas se escriben durante el juego. Y no precisamente por consenso.
Porque aquí no se trata de ideologías, ni de izquierdas o derechas. Se trata de algo más básico como es la confianza. Y cuando la confianza se sustituye por sospecha, cuando cada decisión parece tener doble fondo, cuando el poder deja de parecer un servicio para convertirse en un fin… entonces el problema ya no es político.
Es estructural.
Quizá no haya pucherazo. O quizá no haga falta uno clásico, de papeleta y recuento. Tal vez estemos ante algo más sofisticado, un pucherazo de diseño, cocinado a fuego lento, donde los ingredientes no se alteran el día de las elecciones… sino mucho antes.
Y entonces, claro, todo encaja.
Porque como decía aquel viejo refrán, tan castizo como incómodo:
“Hecha la ley, hecha la trampa.” y si no te gustan mis principios, tengo otros…
Salva Cerezo