Dicen que en política nada se crea ni se destruye, solo se desplaza. Y si no, que se lo pregunten a la famosa “limpieza” interna de Abascal. Cuando un partido empieza a parecer una saga de Supervivientes Edición Congreso, sabes que algo se está moviendo… o removiendo.
Ortega Smith fuera.
Olona fuera.
Monasterio fuera.
Espinosa de los Monteros fuera.
A este paso, VOX va a necesitar una app para recordar quién sigue dentro. Pero no se trata solo de nombres. Se trata de la famosa Ventana de Overton, ese concepto tan elegante que suena a cortina inglesa y que, en realidad, es un mecanismo bastante sencillo, lo que ayer era impensable, hoy es debatible; lo que hoy es debatible, mañana es aprobable; y pasado mañana, obligatorio con subvención. Joseph P. Overton explicó que existe un rango de ideas aceptables para la opinión pública. Ese rango se mueve. Y lo interesante no es lo que está dentro, sino quién empuja desde fuera.
Populismo, versión express.
VOX nació como nació Podemos, como grito de hartazgo contra el bipartidismo hegemónico. Una reacción emocional con vocación de terremoto.
Y los terremotos tienen algo fascinante, sacuden mucho, pero no construyen edificios.
El populismo tiene esa virtud inmediata que canaliza la indignación.
Pero la indignación es una energía de combustión rápida.
Arde fuerte. Ilumina un rato. Y luego deja ceniza.
Porque gobernar no es solo gritar más alto que el de enfrente. Gobernar exige política de Estado. Y ahí empiezan las matemáticas complejas. Si hiciéramos una ecuación: VOX es a Podemos como populismo es a fracaso futuro.
No es una ley universal, pero sí una tendencia estadística, cuando un proyecto se basa en el desencanto puntual, corre el riesgo de evaporarse cuando el desencanto cambia de dirección.
Es como el chascarrillo aquel:
“Almohadín es a almohadón como cojín es a X… me importa tres equis cuál es la solución.”
Exactamente. Mucho juego lingüístico, poca solución estructural. Mover la ventana sin que crujan las bisagras.
Lo interesante aquí no es quién sale del partido. Lo interesante es qué ideas están entrando en la conversación pública.
La Ventana de Overton no juzga ideologías. Solo describe el desplazamiento. Y cuando los partidos compiten por ampliar los márgenes del discurso, el debate deja de centrarse en soluciones técnicas y pasa a centrarse en emociones identitarias.
El resultado, se polariza el lenguaje. Se simplifican problemas complejos.
Se construyen relatos potentes… pero frágiles.
Y mientras tanto, los problemas estructurales siguen ahí, mirando desde la esquina como invitados que nadie quiere sentar a la mesa.
La sensatez no genera trending topic. Y la política de Estado no cabe en un tuit.
El populismo estimula la vocación de cambio momentáneo.
Pero la previsión estable a largo plazo exige algo menos épico y más técnico. Y eso vende menos.
La ventana abierta… ¿hacia dónde?
La gran pregunta no es si VOX será o no un fenómeno efímero.
La gran pregunta es hacia dónde se está moviendo la ventana.
Porque cuando la ventana se desplaza demasiado deprisa, no siempre entra más luz.
A veces entra más ruido.
Y en ese ruido, querido lector, se diluyen las soluciones… como azúcar en café caliente.
La diferencia es que el azúcar al menos endulza. Algunos discursos solo remueven.
Salva Cerezo

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Última Actualización: 21/02/2026

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