Dicen que el ser humano ha evolucionado. Que hemos pasado de las cavernas a la inteligencia artificial, del fuego a los algoritmos, del garrote al mando a distancia. Y, sin embargo, aquí estamos otra vez, mirando al horizonte con esa vieja sensación primitiva de algo no va bien.
Eso sí, ahora lo hacemos con WiFi.
Porque el miedo ya no llega en forma de rugido en la noche, sino en titulares perfectamente diseñados, en expertos de plató y en manuales que te explican, con todo lujo de detalles, cómo sobrevivir a una guerra nuclear… sin moverte del sofá.
Y ahí empieza lo interesante.
Antes, para sobrevivir, bastaba con saber cazar, encender fuego o distinguir una baya venenosa. Hoy el kit es más sofisticado, se requiere un manual sobre radiación, un vídeo explicativo, un par de teorías geopolíticas y esa sensación constante de que el mundo está a punto de estallar… pero todavía no.
Tranquilidad.
O mejor dicho, pasa de todo, pero nos estamos acostumbrando.
Vivimos en la era de la información. Nunca supimos tanto… y nunca estuvimos tan desorientados.
Crisis energéticas, tensiones internacionales, amenazas nucleares, pandemias, colapsos financieros… todo al mismo tiempo, como si el mundo se hubiera convertido en una serie interminable que ya no sabe cómo cerrar la temporada.
Y en medio de ese ruido, aparece el mensaje tranquilizador:
“No te preocupes, puedes prepararte”.
Ahí está la genialidad del sistema.
No se trata de evitar el problema.
Se trata de que gestiones tu miedo de forma individual.
Te enseñan cómo sellar ventanas, cómo almacenar agua, qué hacer si hay radiación, qué países serían más seguros… como si el caos global pudiera resolverse con una lista de consejos prácticos.
Es el gran consuelo moderno.
“El mundo puede desmoronarse, pero tú puedes organizar bien tu despensa”.
Y claro, uno se queda más tranquilo. No porque el peligro desaparezca, sino porque siente que hace algo. La ilusión del control, ese viejo truco reinventado.
En el fondo, no hemos cambiado tanto. Antes el miedo venía de la naturaleza. Hoy viene del propio sistema que hemos construido. Pero la reacción es la misma, proteger, prever, sobrevivir.
La diferencia es que ahora el depredador no tiene rostro. Es difuso, invisible, global. Y precisamente por eso, más eficaz.
Aquí es donde la historia se vuelve incómoda.
Mientras aprendemos a sobrevivir a las consecuencias, casi nadie habla de evitar las causas.
Mientras nos explican cómo protegernos, se da por hecho que el peligro es inevitable. Y así, poco a poco, lo impensable se vuelve plausible… y lo plausible, cotidiano.
Sin darnos cuenta, empezamos a vivir en una versión moderna de la caverna, observando sombras, crisis, amenazas, titulares, que damos por reales sin cuestionar quién proyecta la luz ni con qué intención.
Y lo más fascinante es que creemos haber salido de ella.
Como en un triángulo de Penrose social, avanzamos constantemente… pero siempre acabamos en el mismo punto, con una sensación de progreso que en realidad es un bucle.
Más información.
Más miedo.
Más necesidad de control.
Y vuelta a empezar.
El verdadero peligro no es la radiación, ni la guerra, ni el colapso.
El verdadero peligro es aceptar que todo eso forma parte del paisaje… y que lo único que podemos hacer es adaptarnos.
Porque en ese momento dejamos de cuestionar… y empezamos simplemente a sobrevivir.
Quizá no estemos ante el fin del mundo.
Quizá ni siquiera estemos cerca.
Pero sí estamos ante algo más sutil y mucho más profundo, una sociedad que ha aprendido a convivir con el miedo, a consumirlo como información y a confundir preparación con resignación.
Y mientras tanto, seguimos adelante… organizando nuestras pequeñas estrategias de supervivencia, convencidos de que tenemos el control.
Aunque, en el fondo, el sistema hace tiempo que aprendió a sobrevivir a nosotros.
Salva Cerezo