En otros tiempos, cuando la ciencia todavía tenía más agujeros que certezas, existía la creencia de que todos llevábamos dentro un pequeño gusano instalado en el estómago. Un parásito madrugador que, al parecer, despertaba con nosotros y reclamaba su correspondiente ración de alcohol.
La solución era sencilla: un buen trago de aguardiente, coñac o lo que hubiera a mano. Y asunto resuelto. Se mataba el gusanillo antes de que pudiera protestar.
Con el tiempo descubrimos que aquel famoso gusano no existía. Era una invención. Pero, curiosamente, la costumbre sobrevivió al descubrimiento científico. Porque ya se sabe: si una tradición lleva suficiente tiempo practicándose, deja de necesitar razones. Le basta con tener excusas.
Y aquí es donde la historia se vuelve inquietantemente actual.
Porque en la España de hoy parece que también tenemos un gusanillo. Solo que ya no vive en el estómago. Vive en la política.
Es un gusano mucho más resistente que el de antaño y, sobre todo, bastante más caro de mantener. No se alimenta de alcohol, sino de poder, privilegios, subvenciones, cargos, pactos, concesiones y promesas. Y, como cualquier parásito bien instalado, tiene una extraordinaria capacidad para adaptarse al organismo que lo hospeda.
Nuestro problema es que nadie ha encontrado todavía la copa capaz de matarlo.
Cada mañana nos levantamos con la intención de acabar con él y cada noche descubrimos que ha engordado un poco más.
Unos lo justifican en nombre de la gobernabilidad. Otros, de la convivencia. Algunos hablan de progreso y los más entusiastas llegan incluso a llamarlo democracia. Palabras todas ellas muy respetables… siempre que no se utilicen como envoltorio para esconder determinadas decisiones.
Porque la política española ha conseguido convertir aquello que antes parecía una excepción en una especie de tratamiento preventivo, primero se hace lo que conviene para conservar el poder y después se busca una explicación que permita presentarlo como imprescindible.
Siempre hubo excusas en vez de razones.
Y mientras tanto, el ciudadano observa atónito cómo aquello que se prometió que jamás ocurriría termina ocurriendo con absoluta normalidad.
Lo que ayer era inadmisible, hoy es necesario. Lo que anteayer era una línea roja, mañana aparece convenientemente repintado como una línea verde, progresista y perfectamente constitucional.
Así funciona el gusanillo político el cual no necesita que creamos en él. Le basta con que nos acostumbremos a su presencia.
Y ahí está su verdadera victoria.
Porque un parásito deja de preocupar cuando el huésped acaba considerándolo parte de su organismo.
Quizá por eso hay ciudadanos capaces de contemplar determinadas atrocidades políticas en televisión, indignarse durante cinco minutos y, al sexto, justificar al protagonista con un argumento demoledor:
—Sí, pero los otros son peores.
Una frase que se ha convertido en el equivalente político del aguardiente mañanero. No cura nada, pero proporciona una agradable sensación de tranquilidad.
Y así, entre tragos de resignación y brindis partidistas, seguimos alimentando al gusano.
Lo preocupante ya no es que existan políticos que quieran conservar el poder a cualquier precio. Eso, desgraciadamente, forma parte de la historia de la humanidad.
Lo preocupante es que haya ciudadanos dispuestos a pagar el precio siempre que el beneficiario lleve puesta la camiseta de su equipo, aunque el presidente manipule una foto con la IA y salga sin piernas.
Porque entonces ya no estamos hablando solamente de políticos.
Estamos hablando de una sociedad que ha aprendido a justificar lo injustificable cuando lo hace «uno de los nuestros».
Y quizá ese sea el verdadero gusanillo que deberíamos intentar matar, el de la obediencia ciega, el sectarismo y la incapacidad para reconocer un abuso cuando lo comete nuestro propio bando.
Para eso no hace falta una copa de coñac.
Hace falta algo mucho más difícil de encontrar:
criterio.
Y, sobre todo, la voluntad de utilizarlo aunque el resultado no nos guste.
Porque el día que un ciudadano deje de preguntarse «¿quién lo ha hecho?» para empezar a preguntarse «¿lo que ha hecho está bien?», quizá el gusano empiece, por fin, a sentirse incómodo.
Y quién sabe…
Tal vez entonces podamos dejar de matar el gusanillo.
Y empezar a matar la costumbre de alimentarlo.
Salva Cerezo

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Humanidad,

Última Actualización: 09/08/2026

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