Hay quien mira al horizonte buscando soluciones y hay quien prefiere mirarse el ombligo, quizá porque el horizonte plantea demasiadas preguntas y el ombligo, de momento, no protesta.
La expresión tiene un origen bastante más espiritual. Los monjes hesicastas de la Iglesia ortodoxa griega buscaban la paz interior mediante la oración y la respiración, inclinando la cabeza hasta concentrarse en su propio ombligo. Eran los llamados omphalopsychoi, los «observadores del ombligo».
Una forma de introspección que pretendía encontrar en el centro del cuerpo el camino hacia el alma.
Hasta ahí, todo muy respetable. El problema aparece cuando la introspección se convierte en egocentrismo y uno acaba convencido de que el mundo entero gira alrededor de su propio ombligo.
Y ahí tenemos a nuestro Gobierno.
Mientras la ciudadanía se preocupa por llegar a fin de mes, encontrar una vivienda que pueda pagar, soportar una inflación que no da tregua y contemplar con estupor los escándalos de corrupción y la mala gestión de Ceuta ante la invasión de Marruecos que salpican al poder, en La Moncloa parecen practicar una modalidad avanzada de hesicasmo, la cabeza inclinada, ojos puestos en el ombligo y realidad exterior completamente desenfocada.
Si las encuestas no acompañan, se ignoran. Si los periodistas preguntan demasiado, se les deja plantados. Si aparecen problemas, se cambia de relato. Y si alguien osa recordar que gobernar consiste precisamente en enfrentarse a los problemas, siempre queda el recurso de anunciar que se ganarán las próximas elecciones.
Porque la política moderna tiene una ventaja extraordinaria, uno puede perder la conexión con la realidad y, sin embargo, conservar intacta la conexión con el micrófono.
Lo verdaderamente preocupante no es que un gobernante se mire el ombligo de vez en cuando. Lo preocupante es que llegue a creer que el ombligo es España y que todo lo que queda fuera de él son simples molestias estadísticas.
Eso sí, hay que reconocerles una virtud, han perfeccionado la técnica de los monjes hesicastas. Ellos buscaban la paz interior.
Nuestros gobernantes también.
La diferencia es que unos buscaban la paz del alma y los otros parecen buscar la paz de los sondeos.
Y menos mal que aquellos monjes pensaban que el centro del alma estaba en el ombligo. Porque, sinceramente, si hubieran elegido el culo como centro del cuerpo, hoy tendríamos que llamar a esta práctica de otra manera.
Mirarse el ombligo, sí. Pero gobernar mirando hacia fuera.
Que para eso están las ventanas de La Moncloa.
Salva Cerezo