En el siglo XIX, quien quería soltar un discurso en una plaza se subía a un poyo, una especie de plataforma improvisada. Lo que empezaba con proclamas políticas terminaba muchas veces a gritos, broncas y empujones. Dos siglos después, hemos cambiado las plazas por los platós de televisión, pero seguimos confundiendo el debate con el gallinero. Y eso que algunos tienen más tablas que un carpintero.
En España, además, tenemos poyos para todos los gustos. El CIS sigue colocando al PSOE por delante del PP con una ventaja de 15 puntos. Hay encuestas que parecen escritas con calculadora y otras que hacen sospechar que el encuestador y el encuestado viven en países diferentes. Naturalmente, cada cual se queda con la que más le alegra el desayuno.
Mientras tanto, se anuncia una condonación de 4.3 millones de euros a los implicados independentistas de Cataluña, en plena controversia por el dinero y las responsabilidades del procés. Para unos, solidaridad financiera; para otros, el precio de mantener determinados apoyos políticos. ¡Qué curioso! La deuda siempre es colectiva, pero las facturas políticas parecen tener destinatarios muy selectivos.
Y en las calles, las protestas educativas en Madrid acaban con cargas policiales, mientras la acampada de la Puerta del Sol continúa sin que se aplique el mismo rasero que algunos reclaman para otras movilizaciones. Porque, al parecer, el derecho a protestar también tiene sus categorías, depende de quién protesta, contra quién y de las necesidades del guion.
Al final, entre encuestas triunfalistas, cuentas pendientes y protestas de distinta consideración, España parece una plaza del siglo XIX con conexión a internet. Todos quieren subirse al poyo, nadie quiere bajarse y, cuando alguien intenta hablar, los demás se dedican a montar el suyo.
Y luego nos preguntamos por qué estamos hasta el moño de la política.
Porque aquí ya no se trata de convencer al ciudadano, sino de ver quién monta el poyo más grande sin que se le caiga el chiringuito.
¡Y todavía hay quien lo llama convivencia democrática!
Salva Cerezo