Hay refranes que deberían tener rango de tratado internacional. “Morder la mano que te da de comer” es uno de ellos. Porque no hay mayor ingratitud que devolver un favor con un mordisco. Y aunque la expresión tenga raíces orientales, cualquiera diría que en España hemos decidido perfeccionarla hasta convertirla en disciplina olímpica.
La teoría es sencilla, alguien te ayuda, te alimenta, te protege o te sostiene… y tú, en lugar de darle las gracias, le clavas los dientes. Una conducta bastante fea en una persona y bastante preocupante cuando quien la practica es un país.
Porque si trasladamos el refrán al terreno de las relaciones internacionales, aparece una situación cuando menos curiosa con Marruecos. España mantiene importantes vínculos energéticos y económicos con nuestro vecino del sur y, sin embargo, las relaciones bilaterales no siempre parecen corresponderse con aquello de “manos que se ayudan”.
Y aquí llega la paradoja, pues mientras España abre la mano, algunos parecen estar más interesados en comprobar hasta dónde pueden cerrarnos los dedos.
Lo verdaderamente sorprendente es que, cuando se producen situaciones especialmente delicadas, la respuesta española parece consistir en sacar del cajón diplomático la vieja máxima de “hay que mantener buenas relaciones”. Naturalmente. Faltaría más. En diplomacia queda muy mal decirle al vecino: “Oiga, deje de morder”. Es mucho más elegante ofrecerle otra mano.
Y si después de todo esto resulta que nuestro Gobierno considera necesario que Felipe VI llame al monarca marroquí para agradecerle su cooperación, uno empieza a sospechar que quizá hemos confundido la diplomacia con una consulta al dentista.
Porque una cosa es tender la mano y otra muy distinta ofrecer las dos y preguntar educadamente cuál quiere morder primero.
El problema no es ayudar al vecino. El problema es que, cuando la generosidad se convierte en costumbre, algunos dejan de verla como generosidad y empiezan a considerarla obligación.
Y así llegamos al maravilloso mundo de la política exterior: España pone la mesa, sirve la comida, paga la cuenta… y todavía puede acabar dando las gracias porque el invitado haya decidido no llevarse los cubiertos.
Quizá deberíamos recordar que la diplomacia no consiste en evitar cualquier conflicto a cualquier precio. También consiste en saber decir “hasta aquí” cuando alguien confunde nuestra mano tendida con un trozo de jamón o pastel, mejor dicho, ya que los islamistas lo tienen prohibido.
Porque una mano que da de comer merece gratitud.
Pero una mano que nunca aprende a retirarse acaba siendo, sencillamente, el menú.
Salva Cerezo