Confieso algo que, en estos tiempos de trincheras ideológicas, roza la herejía, ya soy pensionista y, aun así, me preocupa el sistema. Sí, has leído bien. Tengo el “derecho adquirido”, la nómina asegurada y el carné oficial para quejarme del tiempo y del gobierno de turno. Pero resulta que no me deja dormir la idea de qué puente les estamos dejando a nuestros hijos y nietos.
Porque uno puede cruzar el puente y, aun así, desear que no se derrumbe justo después. Lo raro hoy no es pensar en el futuro; lo raro es admitirlo en voz alta sin que te llamen traidor a tu generación.
Mientras tanto, Países Bajos pone fin a la pensión garantizada y marca el camino en Europa. Aquí, en cambio, seguimos garantizando discursos, promesas y aplausos… que cotizan poco y pagan menos.
Para evitar ese colapso que todos intuimos, pero que nadie quiere nombrar antes de unas elecciones, los expertos independientes (esa especie en peligro de extinción) suelen proponer soluciones realistas, curiosamente alejadas de la “estafa política” habitual.
La Mochila Austriaca es el ahorro que no vota, pero suma.
Una idea revolucionaria, el dinero del trabajador es del trabajador.
Cada empleado tiene una cuenta personal donde la empresa ingresa parte del salario. Ese dinero es suyo desde el primer día. Si cambia de empleo, se lo lleva.
Si se jubila, ahí está. Sin sobresaltos ni comparecencias solemnes. Lo verdaderamente escandaloso de este sistema no es su complejidad, sino que el Estado no pueda meter la mano. El joven sabría que su ahorro no es una promesa electoral, sino un patrimonio real. Y eso, en política, es casi pornográfico.
Blindaje Constitucional de la Gestión Técnica.
Para evitar que el sistema de pensiones siga siendo una hucha con patas durante cada legislatura, la solución sería tratarlas como se trata a los Bancos Centrales, con respeto, distancia y miedo. Un organismo autónomo, con gestores profesionales y mandatos largos (10 o 15 años), para que no coincidan con campañas, mítines ni tentaciones. Prohibición expresa de usar el superávit para tapar agujeros ajenos.
Inversión obligatoria en activos productivos reales, como hacen los holandeses, para generar intereses y no impuestos eternos.
Todo ello gestionado por profesionales externos, independientes y, sobre todo, fuera de las manazas del feudalismo político, ese que siempre promete protegerte… mientras vacía la despensa.
Envejecimiento Activo Voluntario. Otra idea peligrosa, no tratar a los mayores como electrodomésticos con fecha de caducidad.
Quien quiera seguir trabajando o aportar a tiempo parcial debería poder hacerlo con ventajas fiscales reales. Menos presión sobre la caja común.
Más talento senior en circulación. Más sostenibilidad sin imposiciones ni decretazos.
Curiosamente, permitir elegir suele funcionar mejor que obligar. Pero claro, eso no cabe en un eslogan.
El papel de mi generación,
aquí viene lo incómodo… los pensionistas actuales tenemos la llave del cambio. Somos el grupo más numeroso, más respetado y más cortejado en cada campaña.
Podemos exigir auditorías claras, pretender saber a dónde va cada euro cotizado. Podemos apoyar reformas que no nos afectan directamente, pero que salvan el sistema para los jóvenes. Podemos legitimar un modelo de “huchas reales” que los políticos no se atreven a plantear por miedo a perder votos… los nuestros.
Paradójicamente, quienes ya hemos llegado somos los únicos que podemos permitirnos pensar a largo plazo.
La solución no es que tú cobres menos, te has ganado tu pensión con años de esfuerzo.
La solución es que el sistema deje de ser una caja única gestionada por políticos y pase a ser un conjunto de cuentas protegidas, profesionalizadas y blindadas de la tentación electoral.
Y ahora sí, la pregunta incómoda, pero necesaria:
¿Qué opinan quienes ya estamos disfrutando de la jubilación, pero aún conservamos una visión crítica, ética y protectora del futuro?
¿Somos capaces de defender un cambio sin miedo, sabiendo que no es para nosotros, sino para los que vienen detrás?
Porque el verdadero privilegio no es cobrar la pensión.
El verdadero privilegio es no mirar hacia otro lado.
Salva Cerezo