El ministro de Política Territorial y Memoria Democrática, Ángel Víctor Torres, ha tenido una epifanía, según él, Pedro Sánchez merece el Premio Nobel de la Paz. Sí, lo ha dicho sin despeinarse, y lo peor es que no parecía una parodia de El Mundo Today.
Uno escucha semejante declaración y duda, ¿se trata de una broma interna del Consejo de Ministros, un intento de humor canario, o una nueva tomadura de pelo al sufrido ciudadano?
Porque, mientras el presidente posa como Dalai Lama de Europa, la realidad que soportamos es otra: corrupción hasta en la moqueta, abrazos a quienes justificaron la violencia etarra, y guiños cómplices a regímenes que entienden la democracia como un adorno incómodo.
El Nobel de la Paz, históricamente, se concede a quienes contribuyen a frenar guerras, liberar pueblos o promover la concordia. Aquí, al parecer, basta con aguantar debates parlamentarios, prometer millones que nadie ve y sonreír en las fotos con Maduro o Xi Jinping.
Quizás el Nobel no sea la categoría correcta. Tal vez la Academia de Oslo debería crear una nueva medalla, el Premio a la Resistencia del Pueblo, por la capacidad infinita de los españoles para soportar ocurrencias como esta.
Porque, al final, el único Nobel que Sánchez tiene asegurado es el de haber convertido la ironía política en un género de primera necesidad.
Salva Cerezo