Pedro Sánchez no será recordado como un gran estadista. Ni siquiera como un gestor competente. Será recordado, si la historia aún se escribe con honestidad, como el presidente actor que convirtió La Moncloa en un plató, y la política en una tragicomedia de poder. Un hombre dispuesto a pasar a la historia, aunque sea por la puerta de atrás.
Porque Pedro Sánchez no gobierna: interpreta. Cada intervención suya es una performance medida, calculada, maquillada. Cada mentira, una escena más en su guion. Cada pacto indigno, una concesión al personaje que ha decidido encarnar, el del salvador progresista, aunque su legado esté teñido de cinismo, corrupción y autocomplacencia.
¿Pasará a la historia por su amaño electoral? Es posible. Porque nunca un presidente necesitó tanto de minorías radicales, nacionalistas y antisistema para mantenerse en el poder, hipotecando la unidad de España y vendiendo la soberanía nacional por unos meses más de protagonismo. Y todo, bajo una retórica hueca de convivencia y diálogo.
¿Será por sus mentiras? Sí, y muchas. Desde negar indultos a otorgarlos con prepotencia, hasta prometer no gobernar con populistas para luego convertir a Podemos en socios de gobierno. Mentir, en su mandato, ha dejado de ser una excepción para convertirse en una rutina institucionalizada.
¿Y la corrupción? Sánchez no ha tocado el barro: ha cavado túneles subterráneos con pala de oro. Ha institucionalizado el clientelismo más obsceno, creando la mayor red de subvenciones, cargos duplicados, observatorios inútiles y asesores de pasillo que ha conocido la democracia española. Ha engordado la administración pública hasta niveles insostenibles, generando gasto, no para mejorar los servicios, sino para comprar lealtades.
¿El Poder Judicial? Intervenido. ¿El Poder Legislativo? Domesticado. ¿El Poder Policial? Purgado. Todo aquel que se interponga en su carrera por el poder, es destituido, acosado o difamado. Lo llaman separación de poderes; él lo ha rebautizado como centralización de obedientes.
Pedro Sánchez ha cruzado un Rubicón constitucional que jamás debió tocarse. Ha utilizado el BOE como arma de propaganda, los medios públicos como correa de transmisión, y la propia Constitución como papel reciclado. Un caballo de Troya dentro del sistema, disfrazado de demócrata pero cabalgando hacia una autocracia disfrazada de progreso.
Y lo más perverso: su permanencia en el poder depende no de los ciudadanos honestos, sino de minorías parasitarias que han aprendido a medrar bajo su ala. Grupos que no aportan, pero reciben. Que no crean, pero consumen. Y que aplauden, porque mientras el líder les garantice la limosna, ellos le devolverán el eco del aplauso. Así se construye un régimen: con serviles, no con ciudadanos.
Pedro Sánchez no es un socialista. Es un oportunista. Un ambicioso sin límites, capaz de cambiar de ideología como quien cambia de chaqueta. Un político psicópata sin escrúpulos, sin límites morales y sin otro proyecto que no sea su propia permanencia.
¿Pasará a la historia? Sí. Pero no como un presidente ejemplar. Sino como el actor que confundió España con su teatro personal, y que, en su delirio de grandeza, estuvo dispuesto a dinamitar los pilares de una democracia por el papel principal en la peor obra que jamás se ha escrito en nuestra política.
Un verdadero patio de Monipodio en pleno siglo XXI. ¡Venga Pedrito, calienta que sales!.
Salva Cerezo