Hay una vieja fábula que explica mejor la política española que muchos discursos parlamentarios. Los ratones, hartos de las correrías del gato, celebraron una asamblea para buscar una solución: ponerle un cascabel y saber cuándo se acercaba.
La idea era magnífica. Solo había un pequeño inconveniente: ¿quién se atrevía a ponérselo?
En España seguimos celebrando congresos de ratones. Abundan las propuestas, los discursos valientes y las declaraciones solemnes. Lo que escasea son voluntarios cuando llega la hora de acercarse al felino.
La ley de nietos es uno de esos cascabeles que han terminado haciendo ruido en los tribunales. El Supremo ha puesto bajo la lupa la interpretación que permitió ampliar el acceso a la nacionalidad española y, de los 31.390 expedientes revisados, solo 91 habían acreditado la condición de descendientes de exiliados exigida para votar en las próximas elecciones.
Además, una jueza ha admitido a trámite una querella contra Sofía Puente por presunta prevaricación, mientras otro juzgado ha rechazado una denuncia similar. De momento, hablamos de procedimientos judiciales, no de culpabilidades demostradas. Pero las preguntas ya están encima de la mesa.
Y mientras los tribunales examinan los papeles, la política prepara su propio congreso de ratones. Con las elecciones generales del 29 de noviembre en el horizonte, unos buscan el cascabel, otros afilan las uñas y algunos empiezan a descubrir que gobernar no consiste únicamente en resistir, negociar y administrar los tiempos de la televisión pública.
Porque también hay gatos que se acostumbran demasiado a pasearse por el tejado creyéndose intocables. Hasta que alguien decide comprobar si sus siete vidas son una leyenda o simplemente una licencia literaria.
El problema es que, en política, muchos quieren ponerle el cascabel al gato, pero ninguno desea acabar convertido en su merienda. Unos temen perder el sillón; otros, los privilegios; y algunos, sencillamente, que el cascabel termine sonando alrededor de su propio cuello.
Pero el tiempo, que no entiende de asesores de imagen ni de entrevistas a la carta, acaba poniendo a cada cual frente a sus resultados. Porque se puede controlar el relato durante una temporada, pero resulta bastante más difícil controlar las consecuencias.
Y entonces cobra sentido aquella reflexión atribuida a Gabriel García Márquez:
«Con el tiempo todo pasa. He visto con algo de paciencia, a lo inolvidable volverse olvido y a lo imprescindible sobrar».
Quizá ese sea el cascabel que más inquieta a quienes viven convencidos de que el poder es eterno: descubrir que nadie es imprescindible, que ningún cargo es vitalicio y que hasta el gato más arrogante termina teniendo que bajar del tejado.
Moraleja: en política, el verdadero valor no consiste en anunciar que vas a ponerle el cascabel al gato, sino en atreverte a hacerlo cuando sabes que puede arañarte. Y, sobre todo, en aceptar que, cuando llegue la hora de rendir cuentas, no vale esconderse detrás de los demás ratones.
Salva Cerezo

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Última Actualización: 25/10/2026

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