En un hospital de Roma está muriendo un hombre que llama Jorge Mario Bergoglio. Es un Cardenal que fue cura argentino y al ser elegido Papa de Roma cambió su nombre por el de Francisco. Va camino de los 89 años y las crónicas cuentan que millones de personas rezan para que sane.
La noticia es de interés global dado su prestigio religioso y su perfil político, porque durante sus once años como Papa de Roma ha desarrollado una amplia actividad, también como jefe del Estado Vaticano.
Su condición de argentino ha inspirado el carácter de sus discursos y su ideología política ha sido cercana a los gobiernos dictatoriales de América Latina, hasta el extremo de no haberse pronunciado sobre sobre la represión en Cuba, Venezuela o Nicaragua mientras se fotografiaba sonriente con Castro, Maduro y Ortega.
Quizás desde un punto de vista de la doctrina de la fé, el Papa Francisco ha sido impecable, pero su condición de pastor de “los perseguidos por causa de la justicia” tal vez ha dejado mucho que desear.
Sé que en este momento muchos católicos o simpatizantes del Papa Francisco, rezan por él y valoran muy positivamente lo que está siendo su papado, pero los líderes del mundo, entre los que él se encuentra, son objeto de supervisión, apoyo o critica por los medios de comunicación y la opinión pública, porque ese es el precio del mandato que reciben.
Escribo estas líneas con respeto por el Papa Francisco que lucha por sobrevivir, y se lo deseo. Es un líder mundial y expreso mi punto de vista en un momento en el que en los liderazgos políticos y religiosos han ido descendiendo de división.
Todos estamos en lista de espera y solo los que creen que vivirán para siempre bailan en la pista de la inconsciencia mientras van cayendo a su alrededor los que pensaban que la fiesta seria eterna.
Diego Armario.