La Navidad tiene esa virtud tan cristiana de remover conciencias, recuerdos y grupos de WhatsApp. Es tiempo de abrazos sinceros, sonrisas impostadas y balances emocionales que no pasan auditoría. Y entre villancico y villancico resurge el viejo mantra: “a la familia no se la elige, pero a los amigos sí”. Una frase bonita, reconfortante… y bastante falsa.
Aristóteles, que no tenía Instagram ni LinkedIn, pero sabía observar al ser humano, ya advertía que la amistad no era un pasatiempo, sino una virtud. Un bien elevado. Tan elevado que hoy, de vivir entre nosotros, probablemente la habría incluido como patrimonio inmaterial en peligro de extinción. Él distinguía amistades por utilidad, por placer y por virtud. Nosotros lo hemos simplificado mucho más, amigos de cañas, amigos de funerales y amigos que solo aparecen cuando todo va bien.
De pequeños, los amigos eran esos seres mágicos que compartían cromos y rodillas peladas. En la adolescencia eran la patria, la bandera y el himno. En la edad adulta, los amigos se convierten en refugio… cuando queda tiempo entre la hipoteca, el trabajo, el cansancio y la paciencia. Y es ahí donde cometemos el gran autoengaño, cuando creemos que la amistad se elige como quien elige una camisa.
¿Elegimos realmente a nuestros amigos? Si respondemos rápido, diremos que sí. Si pensamos un poco más, nos daremos cuenta de que la mayoría llegaron por accidente, en un colegio, un trabajo, un bar, una desgracia compartida o una risa inesperada. La amistad no se planifica, sucede. Igual que la vida. Igual que los problemas.
La auténtica amistad solo existe cuando hay un otro. Y no cualquier otro, sino uno distinto, incómodo a veces, que no siempre piensa como nosotros y que, precisamente por eso, nos amplía. Pero aquí empieza el drama moderno, vivimos en una sociedad que teme lo diferente como si fuera un virus. Preferimos clones emocionales, opiniones calcadas y amistades que no nos cuestionen demasiado. Amigos a medida, como los algoritmos.
Y luego nos preguntamos por qué vivimos en la era de la soledad, rodeados de contactos pero faltos de vínculos. Nunca hubo tantos “amigos” y tan poca amistad. Nunca fue tan fácil bloquear al otro cuando incomoda. Nunca fue tan sencillo confundir afinidad ideológica con lealtad humana.
Pero el miedo a lo diferente no es el único enemigo de la amistad. También lo son la prisa, el ego, el utilitarismo emocional y esa costumbre moderna de medir las relaciones en términos de rentabilidad: ¿qué me aporta?, ¿me compensa?, ¿me suma? Como si el afecto cotizara en bolsa.
Quizá por eso hoy un amigo sea un tesoro. No por abundante, sino por escaso. Porque un amigo de verdad no siempre da la razón, no siempre aplaude, no siempre está de acuerdo… pero siempre está. Y eso, en estos tiempos líquidos, vale más que el oro, aunque no desgrave.
Así que esta Navidad, entre polvorón y polvorón, conviene revisar no cuántos amigos tenemos, sino cuántos seguimos conservando cuando no brillamos, cuando dudamos o cuando dejamos de ser cómodos.
Porque quien tiene un amigo, tiene un tesoro.
Y quien lo cuida, tiene algo aún más raro: humanidad.
Salva Cerezo