España es ese país mágico en el que los títulos falsos se multiplican más rápido que los panes y los peces, pero sin el toque divino, aquí todo se falsifica, menos la cara dura. En esta tómbola universitaria de la política, cada semana descubrimos que uno más en la corte gubernamental se doctoró en “cara de hormigón armado” por la Universidad de San Chufla, con matrícula de honor en el “yo no dimito ni con agua hirviendo”.
Y, mientras el país se entretiene con el bingo de los másteres y las licenciaturas de pega, el Tribunal Supremo, en un ataque de lucidez, ha dicho “hasta aquí” y ha mandado al banquillo al fiscal general del Estado, García Ortiz. Sí, ese señor que se suponía era el guardián de la ley y ha terminado siendo el protagonista de una película que mezcla Berlanga con Torrente.
Pero ojo, que esto no ha provocado ninguna dimisión. ¡Por favor! ¿Dimisión? Eso es para países aburridos y serios. Aquí lo que se lleva es resistir por la institución, aunque la institución acabe pareciendo un chiringuito de playa en pleno invierno: cerrado por derribo, pero con la sombrilla bien plantada para que no se note.
Y en el palco de honor, el presidente Sánchez, con su manual de instrucciones en mano: “Si un colaborador es acusado… avale usted. Si se le señala… avale usted. Y si se le manda al banquillo… avale usted más fuerte todavía”. Porque, claro, en esta España resiliente, palabra que aquí se confunde con “aguantar carros y carretas sin inmutarse”, el verdadero mérito está en seguir haciendo historia.
Una historia de récord Guinness, el gobierno que más veces ha escuchado la palabra “vergüenza” sin reconocerla.
Pero tranquilos, que esto no se hunde. Aquí seguimos, con la orquesta tocando, mientras el Titanic político hace aguas. Total, ¿para qué quieren credibilidad, ética o dimisiones, si tenemos resiliencia a la carta?.
Salva Cerezo