“Somos lo que hacemos repetidamente. La excelencia, entonces, no es un acto, sino un hábito.”Aristóteles.
Decía Aristóteles que la excelencia es un hábito. Lástima que no especificara qué ocurre cuando el hábito es meter la pata hasta la rodilla. Porque en ese caso, la excelencia consiste en equivocarse con una constancia admirable.
Ahí tenemos al siempre imprevisible Donald Trump, que ha decidido demostrar que en política internacional también se puede improvisar como quien juega al Monopoly un domingo por la tarde. El problema es que aquí no se pierden hoteles… se pierde estabilidad mundial.
El cálculo parecía sencillo, presionar a Vladimir Putin, mantener a Volodymyr Zelenskyy dentro del tablero y aparecer como el gran árbitro del conflicto. Pero cuando uno juega al ajedrez pensando que es el dominó del bar de la esquina, pasan estas cosas.
Ahora resulta que el embargo se levanta, el petróleo vuelve a circular alegremente por los mercados y Ucrania queda colgada de la brocha, mirando al techo mientras el pintor se baja de la escalera.
Total, ¿qué más da? En la lógica de ciertos líderes, los aliados son como los paraguas, que se usan cuando llueve y se tiran cuando sale el sol.
Mientras tanto, la broma estratégica parece estar costando 900 millones de dólares diarios, una cifra que no está al alcance de cualquiera… salvo cuando se juega con la economía mundial como si fuera una ruleta de casino.
Y en medio de esta tragicomedia geopolítica aparece España, que observa el espectáculo con la misma actitud que el vecino que mira el incendio desde el balcón, sin cubo de agua, pero con muchas opiniones.
El gobierno de Pedro Sánchez, por supuesto, espera pacientemente a ver si el gigante americano tropieza lo suficiente como para que el ruido del golpe tape los problemas propios. Una estrategia muy mediterránea, si el barco del vecino hace aguas, quizá nadie note que el nuestro también tiene grietas.
Así que entre narcisistas anda el juego, entre cálculos fallidos y aliados de usar y tirar. Y mientras tanto el mundo sigue girando, cada vez más rápido, con políticos convencidos de que conducen el volante… cuando en realidad solo van agarrados al salpicadero.
Porque la historia, caprichosa como ella sola, suele recordar a los que cambian de bando con demasiada alegría.
Y ya lo decían los romanos, que de intrigas sabían un rato:
Roma no paga a traidores.
O dicho en versión castiza:
Quien siembra vientos, acaba recogiendo tempestades.
Salva Cerezo

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Última Actualización: 15/03/2026

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