Cuando el as en la manga termina convertido en un cartucho mojado.
La expresión «salir el tiro por la culata» tiene su origen en los antiguos mosquetes y armas de fuego, cuando un defecto de fabricación o una carga mal preparada podía provocar que el arma reventara por la parte posterior, castigando precisamente a quien pretendía utilizarla. Una magnífica metáfora para esos políticos que, convencidos de tener al adversario en el punto de mira, terminan disparándose en el pie.
Y si hay alguien que últimamente parece empeñado en comprobar la eficacia de semejante mecanismo, ese es Pedro Sánchez.
La llamada ley de nietos, que permite a determinados descendientes de españoles acceder a la nacionalidad, parecía ofrecer una oportunidad para mover algunas piezas en el tablero político. En tiempos de encuestas poco alentadoras, cualquier medida susceptible de generar expectativas electorales puede convertirse en un supuesto as guardado bajo la manga. El problema aparece cuando el as se queda atascado y la jugada no sale como estaba prevista.
La Sala de lo Contencioso-Administrativo ha rechazado, por cinco votos a uno, el recurso de la Abogacía del Estado y ha reprochado la falta de datos que justificaran levantar la medida cautelar. Un revés judicial que deja en evidencia que, por mucho que el Gobierno tenga prisa, los tribunales no están obligados a seguir el calendario de La Moncloa.
Y aquí conviene recordar algo elemental, que los tribunales no están para resolver las urgencias políticas del Gobierno, sino para aplicar la ley. Cuando una estrategia depende de que la justicia despeje el camino a conveniencia, cualquier contratiempo puede convertir la operación en un boomerang.
Porque una cosa es gobernar y otra muy distinta jugar permanentemente al ajedrez electoral, moviendo las piezas con la esperanza de que cada decisión produzca el efecto deseado en las urnas. El ciudadano no es una ficha, la nacionalidad no debería utilizarse como moneda de cambio partidista y la justicia no es una ventanilla de reclamaciones para estrategias que se tuercen.
Pero el inquilino de La Moncloa parece vivir últimamente rodeado de espejos que le devuelven la imagen que desea contemplar, mientras la realidad insiste en colarse por la puerta de servicio.
Ahí tenemos el desfile del 12 de octubre. Un presidente que vuelve a escuchar abucheos, mientras la familia real recibe una ovación que contrasta con la sonora protesta dirigida al jefe del Ejecutivo. Podrán discutirse los excesos de unos y las razones de otros, pero hay imágenes que, por sí solas, retratan el clima de desafección política que atraviesa el país.
Y no, los abucheos no sustituyen a las urnas, como tampoco las ovaciones garantizan mayorías parlamentarias. Pero ignorar sistemáticamente el malestar ciudadano tampoco parece una estrategia demasiado brillante. Cuando las encuestas aprietan, los socios parlamentarios exigen y los tribunales ponen límites, quizá convendría dejar de buscar ases en la manga y empezar a revisar las cartas que se tienen sobre la mesa.
Porque el problema de Sánchez no es únicamente que una determinada maniobra judicial no prospere. Es que cada contratiempo alimenta una percepción de fragilidad que ninguna campaña de propaganda puede corregir por sí sola. Y cuanto más se insiste en vender cada revés como una victoria, más difícil resulta convencer al público de que el espectáculo marcha según lo previsto.
En política, la soberbia tiene una particularidad, hace creer al tirador que controla el arma incluso cuando el mecanismo está a punto de estallar. Y cuando el disparo sale por donde no debía, siempre queda la tentación de culpar al fabricante, al juez, a la oposición o a la prensa. Cualquiera sirve, menos quien apretó el gatillo.
Quizá haya llegado la hora de comprender que un Gobierno no puede vivir eternamente de la improvisación, de los pactos de supervivencia y de la búsqueda desesperada de titulares favorables. La política consiste en resolver problemas, no en fabricar operaciones de imagen para disimularlos.
Y si además se pretende utilizar la ley como instrumento de conveniencia, conviene recordar la advertencia de Voltaire:
«El último grado de perversidad es hacer servir las leyes para la injusticia».
Una frase que debería estar enmarcada en todos los despachos del poder, especialmente en aquellos donde se confunde la mayoría parlamentaria con un cheque en blanco y la permanencia en el cargo con el interés general.
Porque los gobiernos pasan, los presidentes cambian y las estrategias electorales terminan en el archivo de las hemerotecas. Pero el respeto a la ley, la independencia de la justicia y la dignidad de las instituciones deberían permanecer.
Y mientras tanto, don Pedro, una recomendación de zorro viejo y curtido en muchas batallas: antes de volver a apretar el gatillo, compruebe la carga, revise el mecanismo y mire bien hacia dónde apunta.
No vaya a ser que, buscando un disparo de efecto, termine regalándole a sus adversarios una nueva munición.
Porque cuando el tiro sale por la culata, el problema no suele ser la puntería del enemigo, sino la confianza excesiva del tirador.
Salva Cerezo

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Última Actualización: 13/10/2026

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