Dicen que en política no hay lobos solitarios, solo manadas bien organizadas. Y este fin de semana, desde un mitin en Zaragoza, Irene Montero decidió aullar alto y claro, espetando que el objetivo final de la regularización de inmigrantes es otorgarles el derecho a voto para “echar a fachas y racistas” y sustituirlos por “gente migrante”. Así, sin anestesia.
Democracia versión pastoreo, cambiamos el rebaño y listo.
La escena tiene algo de teatro clásico, pero con decorado europeo. Montero, eurodiputada de Podemos, habla desde la Eurocámara como quien mira por encima del hombro al patio de butacas nacional: “tranquilos, que desde Bruselas también se puede dirigir el guion”. Y el guion es sencillo, regularización exprés hoy, derecho a voto mañana, y pasado mañana ya veremos quién maneja el censo como si fuera un Excel con pestañas de colores.
No es que la integración no sea un objetivo loable. Lo es. Lo que chirría es el tono y, sobre todo, la intención explícita de que no se trata de integrar ciudadanos, sino de “sustituir” votantes. La democracia convertida en mercadillo con dos regularizaciones, una papeleta, llévese gratis un eslogan moralizante. Y si protesta, es usted un “facha”, que sirve para todo, para debatir poco y para descalificar mucho.
A la manada se suman Ione Belarra, secretaria general de Podemos, y la propia Irene Montero como candidata permanente a cualquier cosa que huela a foco. Todas alineadas en el mismo mensaje, el objetivo político no es construir convivencia, sino reconfigurar el tablero electoral. No se habla de deberes cívicos, de aprendizaje del idioma, de inserción laboral real o de respeto al marco legal. No. Se habla de votos. De números. De mayorías. Del noble arte de cambiar la aritmética para ganar la partida.
Mientras tanto, el Gobierno, con Pedro Sánchez al mando del timón, juega al ilusionista nuevamente con un decreto por aquí o un relato por allá, y si el truco sale mal, siempre habrá un culpable externo al que señalar. El problema nunca es la improvisación, es la oposición. El problema nunca es la gestión, es el “discurso del odio”. Y así, entre consignas y mitines, se diluye el debate serio de cómo integrar sin fracturar, cómo acoger sin usar a las personas como fichas electorales.
Porque, seamos claros, utilizar a colectivos vulnerables como herramienta de ingeniería electoral es una forma moderna de clientelismo. Antes se repartían favores; ahora se reparten promesas de derechos convertidas en eslóganes. La política social no debería ser un atajo para ganar elecciones, sino un compromiso para construir país. Pero aquí parece que el país es lo de menos; lo importante es el próximo titular.
Al final, la loba no cuida del rebaño, lo cuenta. Y en esta granja democrática, algunos han confundido la integración con el pastoreo ideológico. Mucho aullido moral desde los atriles, pero poca responsabilidad cuando toca explicar cómo se sostiene el modelo sin convertir la convivencia en un campo de batalla electoral.
Moraleja del cuento: cuando la política deja de hablar de ciudadanos y empieza a hablar de “sustituciones”, la democracia deja de ser un proyecto común y se convierte en un tablero de ajedrez… donde las piezas no saben que están en juego.
Salva Cerezo

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Última Actualización: 03/02/2026

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