Hay días en los que el Gobierno no gobierna, hace teatro. Y cuando el telón cae, el público ya no aplaude; bosteza. Porque mientras Andalucía se ahoga, tras desangrangrarse en sus raíles perdiendo 46 vidas, en Moncloa alguien decidió que el problema real del país es… TikTok.
Pedro I el Casto, siempre tan preocupado por la higiene moral del reino, nos regala una nueva genialidad, la de prohibir las redes sociales a los menores de 16 años y crear un comité de revisión del odio y la desinformación en Internet. Una especie de Ministerio del Cariño Digital, con funcionarios armados de post-its, subrayando memes peligrosos y declarando “ofensivo” cualquier tuit que huela a crítica.
Lo curioso, y aquí el plumero ya no se disimula ni con ventilador, es que en este país un chaval puede decidir sobre cuestiones trascendentales de su vida adulta, pero no puede opinar en Instagram ni leer barbaridades en X.
Eres mayor para decidir quién eres, abortar o cambiar de sexo, pero menor para leer quién te miente. Maravilloso equilibrio institucional, libertades XXL para lo íntimo y prohibiciones XS para lo que molesta al poder.
Mientras tanto, los escándalos brotan como setas después de la lluvia. Pero no, no es que los “fachas” estén excavando túneles para dinamitar la reputación del pobre Pedro I. Es que la meritocracia gubernamental se ha propuesto ganar el campeonato mundial del gallifante al disparate:
Un ministro culpando al clima, a la herencia recibida y a la alineación de Mercurio de una tragedia ferroviaria, sin una sola gota de autocrítica.
Otro sector del Ejecutivo decidiendo que la edad de jubilación de los jueces no se toca… hasta que cierto juez concreto, ese villano de telediario que osa incomodar al entorno familiar del poder, cuelgue la toga en septiembre. Pura casualidad, por supuesto. Casualidad democrática.
Y entonces llega la cortina de humo perfecta, redes sociales, odio, bulos. El comodín de la legislatura. Cuando no sabes explicar por qué fallan los trenes, por qué fallan las previsiones o por qué fallan los nombramientos, siempre puedes anunciar un comité. En España no arreglamos problemas, creamos comisiones para estudiarlos mientras el problema se va de cañas.
Lo bueno de todo esto, porque siempre hay un lado luminoso en la tragicomedia, es que ya no cuela tanta chorrada. La gente empieza a oler el humo antes de que suene la alarma contra incendios. El plumero ya no se ve, ondea como bandera.
Y quizá ese sea el mayor miedo del poder que, pese a prohibiciones, comités y teatrillos, cada vez cueste más engañar a un público que ya no se traga el guion. Porque cuando el telón cae una y otra vez sobre la misma farsa, hasta el espectador más paciente acaba levantándose de la butaca y pidiendo la devolución de la entrada.
Salva Cerezo