Se preguntan muchos españoles, entre café y ansiolítico, qué ha cambiado en España desde la llegada del autodenominado “gobierno de coalición progresista”. La respuesta es sencilla: todo ha cambiado para que todo siga beneficiando a los mismos… pero con lenguaje inclusivo y pancarta arcoíris.
Porque el progreso, según esta nueva versión institucional del «Sálvame Deluxe», no consiste en mejorar las condiciones de vida de la mayoría, sino en garantizar privilegios a minorías estratégicamente útiles para la aritmética parlamentaria. Si además cantan bien en catalán o euskera, el bonus es doble. Aquí ya no se reparten los panes y los peces, se reparten los presupuestos a cambio de votos y silencios.
La amnistía ya no es un recurso jurídico excepcional, sino una tarjeta de fidelización. ¿Cometiste delitos? ¿Apoyaste un golpe institucional? No pasa nada. Aquí se perdona todo si prometes votar lo que diga el amo. La política española ha mutado en una especie de serie turca, en la que lo importante no es la coherencia, sino el culebrón.
Mientras tanto, la sociedad retrocede como quien pone la marcha atrás con los ojos cerrados. Valores como el esfuerzo, la meritocracia o el respeto a la ley están más pasados de moda que el teléfono fijo. La educación ha sido rebajada al nivel de “que nadie se sienta malito”, lo que ha logrado el milagro de que muchos salgan del sistema sin saber escribir correctamente pero sí recitar de memoria los 25 géneros oficiales.
El absentismo laboral bate récords históricos, pero eso sí: los viernes de “autocuidado emocional” se celebran con orgullo revolucionario. Y claro, con la productividad por los suelos, los padres siguen sosteniendo a hijos eternos, hipotecados no solo por el precio de la vivienda, sino también por la moralina gubernamental que les dice que el éxito es sospechoso y el emprendimiento, casi delito.
La vivienda está en máximos históricos, pero no importa: siempre hay tiempo para un ministerio que regule lo que no puede solucionar. Delincuencia disparada y fuerzas del orden ninguneadas, porque claro, exigir respeto a la ley es un acto facha, reaccionario y posiblemente heteropatriarcal. Mejor dar abrazos, comprensión y móviles de última generación a los que roban por “inclusión”.
Y si todo esto fuera poco, la defensa nacional está tan en ruinas que en caso de ataque externo tendríamos que llamar a los bomberos… o a Batman.
Pero el clímax, el verdadero nudo gordiano de la tragicomedia nacional, llega con la ministra de Igualdad —sí, esa— que quiere abolir la prostitución… con el voto de Ábalos. Es decir, el que fue ministro de maletas y nocturnidades. El giro de guion que ni Berlanga se habría atrevido a escribir.
En resumen, España ha cambiado. Ahora se reparte más el poder, pero entre menos manos. Se ayuda más, pero a quien más grita. Se legisla más, pero para menos sentido común. Y se gobierna más… pero peor.
Reflexión necesaria, sí. Porque mientras ellos progresan en sus cuentas, en sus cargos y en sus privilegios, la mayoría social progresa… hacia el abismo.
Salva Cerezo