Dicen los viejos refranes que la experiencia ajena debería servirnos de advertencia propia. Pero claro, eso era antes… cuando escuchar era una virtud y no una pérdida de tiempo frente al último titular escandaloso.
Porque mientras en Hungría el bueno de Viktor Orbán ve cómo le pasan la cuchilla electoral con precisión quirúrgica, cortesía de Péter Magyar, aquí seguimos pensando que los avisos internacionales son como las series malas, interesantes… pero ajenas.
El problema no es que las minorías quieran su minuto de gloria, eso es hasta humano, el problema es cuando el péndulo se rompe y decide vivir en un extremo. Porque sí, en el término medio está la virtud… pero hoy en día el centro está tan vacío que podrían alquilarlo como trastero político.
Mientras tanto, en el gran teatro nacional, el espectáculo continúa con entradas agotadas. El “caso Begoña” promete más temporadas que cualquier serie de éxito, con cameos estelares, giros de guion imposibles y esa tensión dramática que ni La Traviata logra igualar.
Por un lado, Pedro Sánchez en modo internacional, elevando la mirada hacia horizontes lejanos, dicen que China, quizá buscando respuestas… o al menos cobertura. Por otro, Félix Bolaños, convertido en francotirador institucional, disparando dialécticamente contra Juan Carlos Peinado con una puntería digna de campeonato.
Y entre bambalinas, el público asiste atónito a escenas que rozan el surrealismo, con testigos que declaran más tapados que un secreto de Estado, con burka, gafas de sol… y solo les falta cantar un aria para completar el espectáculo. La justicia, cada vez más parecida a un carnaval donde nadie sabe quién es quién, pero todos aseguran tener razón.
La pregunta ya no es si saldrán vivos de esta movida. La pregunta es si alguien saldrá cuerdo.
Y mientras aquí discutimos si el decorado se cae o si el guion hace aguas, en el escenario internacional no se quedan cortos. Porque cuando Donald Trump decide jugar al Risk con el Estrecho de Ormuz, el mundo contiene la respiración… y el precio del petróleo empieza a calentar motores.
Eso sí que es globalización, lo que pasa a miles de kilómetros te acaba saliendo por el surtidor de la gasolinera.
Y entre indultos encubiertos a etarras, terceros grados oportunos y decisiones estratégicas de alto voltaje, el ciudadano medio hace lo único que puede hacer, intentar entender algo… y no volverse loco en el intento.
Pero volvamos al refrán.
“Cuando veas las barbas del vecino afeitar…”
El problema es que hoy nadie mira al vecino. Estamos demasiado ocupados mirándonos el ombligo… o la pantalla.
“…pon las tuyas a remojar.”
Sí, claro. ¿Pero en qué agua? ¿En la de la información, la desinformación o la directamente contaminada?
Porque tal vez el verdadero peligro no sea lo que está pasando.
Sino que, viéndolo venir… decidamos no hacer nada.
Salva Cerezo

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Última Actualización: 14/04/2026

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