Decía un viejo refrán que cuando no puedes convencer al pueblo, cambias al pueblo. Y parece que algunos han tomado nota con entusiasmo casi académico. Si los votos no alcanzan, siempre queda importar votantes, regularizar hasta al apuntador y fabricar agradecimientos electorales en serie.
Todo muy democrático… al estilo de ciertas repúblicas bolivarianas donde las urnas ya vienen con instrucciones de uso.
España se ha convertido en un laboratorio político donde el ciudadano paga impuestos, calla y observa cómo los mismos que hablaban de regeneración democrática han acabado montando una sucursal de “La Cosa Nostra” con aroma a moqueta ministerial. La corrupción ya no es un accidente, sino que forma parte del mobiliario institucional. Como el perchero, la cafetera o el argumentario diario.
Y cuando la corrupción se institucionaliza, ocurre algo terrible, el corrupto deja de gobernar para sobrevivir. Ya no toma decisiones por convicción, sino por miedo. Miedo a que hablen los socios, miedo a que tiren de la manta, miedo a los audios, a los mensajes, a los discos duros y hasta al cuñado despechado de algún asesor. Entonces venden el alma al diablo… y el diablo, como
Hacienda, siempre acaba cobrando.
Mientras tanto, nos entretienen con discursos moralistas sobre convivencia, solidaridad y progreso, al mismo tiempo que el ciudadano contempla cómo el país se convierte en un mercadillo ideológico donde todo se compra, apoyos parlamentarios, silencios estratégicos y principios de usar y tirar.
Lo más irónico es que todavía pretenden hacernos creer que todo este desbarajuste lo hacen “por nuestro bien”. Claro que sí. Igual que el lobo se preocupaba por la ventilación de la casa de los tres cerditos.
Confieso que pensaba tomarme unos días de asueto y desaparecer un tiempo para emprender un viaje, respirar aire limpio y desintoxicarme del circo nacional. Pero el problema de España es que cada día amanece con un escándalo nuevo y uno ya no sabe si leer la prensa o directamente consultar el parte meteorológico de la corrupción.
Así que me temo que tendré que seguir buscando ratos para denunciar, con sorna y mala leche terapéutica, el espectáculo grotesco de esta troupe de políticos profesionales que han convertido el poder en un cortijo privado mientras nos venden sacrificios patrióticos desde coches oficiales y sillones acolchados.
Y si algún día fallo y no aparezco por aquí, no penséis que me han cerrado la cuenta… aunque visto el panorama, tampoco sería descartable. Simplemente significará que no habré podido llegar a tiempo entre tanta ruina, tanto esperpento y tanto trilero institucional disfrazado de salvador del pueblo.
Salva Cerezo