Hay tradiciones que nunca fallan. Los turrones en Navidad, las procesiones en Semana Santa, las rebajas en enero… y los incendios cuando llega julio.
En España el verano ya no empieza con el primer chapuzón, sino con la primera rueda de prensa anunciando que «el fuego evoluciona favorablemente». Debe de ser el único fenómeno natural que evoluciona siempre favorablemente… hasta que se lleva por delante miles de hectáreas, viviendas, animales y, lo más doloroso, vidas humanas.
Eso sí, una vez apagadas las llamas, comienza el verdadero espectáculo: el incendio político.
Los bosques aún humean mientras los partidos ya compiten por ver quién encuentra antes un culpable. La naturaleza tarda horas en propagar el fuego; las redes sociales apenas necesitan cinco minutos.
Este año hemos asistido a una escena digna del teatro del absurdo. Mientras Andalucía llora la pérdida de doce personas en uno de los incendios más trágicos de los últimos tiempos, aparecen dirigentes nacionales dispuestos a repartir suspensos desde la cómoda sombra de un despacho climatizado.
Entre ellos, el impresentable Óscar Puente, que encontró tiempo para señalar la gestión del Gobierno andaluz. La memoria, sin embargo, tiene la mala costumbre de aparecer cuando menos conviene. Porque muchos ciudadanos recordaron inmediatamente el accidente ferroviario de Adamuz, con cuarenta y seis fallecidos, ocurrido cuando el Ministerio de Transportes estaba bajo su responsabilidad política. Otra cosa distinta es determinar responsabilidades jurídicas o técnicas, pero resulta difícil dar lecciones cuando uno también carga con tragedias ocurridas durante su mandato.
En España parece existir un curioso máster universitario: «Responsabilidad Selectiva». Si el problema sucede donde gobierna el adversario, la culpa es criminal. Si ocurre bajo tu administración, la culpa siempre es del clima, de la herencia recibida, del cambio climático, de un técnico, de un protocolo o, si hace falta, de Mercurio retrógrado.
Mientras tanto, los montes siguen esperando algo mucho más aburrido que las ruedas de prensa: limpieza forestal, cortafuegos, mantenimiento, inversión, coordinación entre administraciones y planificación durante el invierno. Pero claro, esas cosas no generan tantos titulares como un buen rifirrafe parlamentario.
Porque el bosque no entiende de ideologías. El fuego tampoco distingue entre votantes de izquierdas, de derechas o de centro. Las llamas tienen la desagradable costumbre de votar siempre al mismo partido: el de la negligencia, la improvisación y la falta de prevención.
Después llegarán las visitas oficiales. Chalecos reflectantes impecables, botas recién estrenadas, semblantes muy serios y promesas todavía más solemnes. Se anunciarán comisiones, estudios, planes estratégicos y millones de euros que desaparecerán tan deprisa como el humo cuando lleguen las primeras lluvias.
Y entonces volveremos a olvidar.
Hasta el próximo verano.
Porque en este país no solo arden los montes. También arde la memoria colectiva. Y ese incendio, por desgracia, lleva demasiados años sin encontrar un buen equipo de extinción.
Salva Cerezo

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Última Actualización: 12/07/2026

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