Eurovisión ya no es un festival, es un desfile de disfraces con presupuesto y maquillaje de saldo.
Entre plumas, purpurina y discursos “inclusivos” recalentados, el único instrumento que suena afinado es la caja registradora de la organización. Así que, si este año España decide no ir, no pasa nada, la música se lo agradecerá y los oídos de muchos también.
Eso sí, el problema viene después. Porque si aplicamos el mismo criterio de “no ir donde no hay arte ni coherencia”, ¿qué hacemos con el fútbol? ¿Y con otros deportes donde el espectáculo ya es más negocio que pasión? Quizá acabemos viendo partidos comentados en verso woke, goles con lenguaje inclusivo y VAR traducido en simultáneo a 17 lenguas cooficiales.
Y hablando de lenguas, otro logro digno de Premio Nobel del disparate: Junts arranca a Sánchez la genialidad de que las empresas catalanas atiendan en catalán… ¡fuera de Cataluña! En breve veremos a los comercios de Cuenca despachando longanizas en perfecto catalán, mientras el tendero pide perdón por no pronunciar la “ela geminada” como toca.
Pero no os vayáis todavía, que aún hay más, el gobierno anuncia con trompetas la gran ayuda a los jóvenes para emanciparse —30.000 eurazos para alquilar con opción a compra. Una propuesta de película… de ciencia ficción. Porque resulta que solo sirve para viviendas protegidas y, en la última década, apenas se han construido 1.182 en toda España. Vamos, que tocará hacer cola, rezar y, con suerte, heredar la única vivienda protegida que no tenga goteras.
Al final, todo encaja: Eurovisión sin música, fútbol sin pasión, catalán fuera de Cataluña y ayudas de cartón piedra. No hay mal que por bien no venga, al menos nos queda la risa… y la ironía para soportarlo.
Salva Cerezo

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Última Actualización: 17/09/2025

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