La culpa siempre es del otro, del sistema, del viento o del juez que madrugó demasiado.
Lo curioso es que el PSOE lleva años vendiendo la pureza como bandera. “Somos el partido de la ética”, repiten, mientras sus aliados se cuelgan medallas y contratos. Porque claro, la ética es como la niebla, que está en todas partes, pero no se ve. Y cuando se disipa, lo que queda es el poder… y sus manchas.
El guion ya nos lo sabemos, primero, negarlo todo; segundo, culpar a los jueces; tercero, decir que esto es una campaña orquestada por la derecha, por Vox, por el IBEX, por Marte, o por quien toque esa semana. Y mientras tanto, el ciudadano, que ya no distingue entre un auto judicial y un guion de Netflix, asiste al espectáculo con resignación y palomitas.
Pero la jugada maestra es otra, convertir la sospecha en virtud. “Nos atacan porque gobernamos bien”, dicen. Y ahí es donde el realismo mágico español supera a García Márquez. Porque solo aquí puede presentarse una imputación como un trofeo democrático. Si el juez te investiga, es señal de que haces las cosas bien. Si no te investiga, es que no existes políticamente.
Y así, el Gobierno se aferra al relato, que los jueces conspiran, que la prensa exagera, que la oposición ladra. Todo menos asumir que, quizás, el poder corrompe… incluso cuando se dice de izquierdas.
Pedro Sánchez ha reinventado la transparencia, cuando todo huele mal, abre las ventanas… pero solo para que entre más humo.
Ahora, las investigaciones por corrupción que rozan a su entorno se presentan como “ataques políticos”. Los jueces no juzgan, hacen política; los medios no informan, conspiran. Y mientras tanto, el Gobierno se envuelve en la bandera del victimismo, repitiendo su mantra: “Nos atacan porque gobernamos bien”.
El problema no es la corrupción, es que la sospecha ya se vende como virtud. Y el ciudadano, con su entrada pagada, asiste al espectáculo de trapecistas cayendo, payasos llorando y un domador —Sánchez— que siempre sale ileso.
España avanza, sí… pero en círculos.
Salva Cerezo