Dicen que la historia no se repite, pero a veces se disfraza de sainete. Y en España, cuando se trata de enredos, siempre acabamos montando nuestro propio Patio de Monipodio, un lugar donde la picaresca deja de ser literatura para convertirse en gestión pública.
Mientras los focos apuntan a un juicio que levanta más cejas que certezas, y donde la palabra “responsabilidad” parece haberse declarado en busca y captura, hay un dato que pasa de puntillas, como quien no quiere molestar, como el de miles de funcionarios cobrando sin trabajar. Cuatro mil, nada menos. A razón de 1.050 euros mensuales. Una especie de milagro administrativo, nóminas que se generan solas, sin la molesta intervención del esfuerzo.
Esto ya no es solo despilfarro. Es una obra de arte contemporáneo financiada con dinero público. Una performance colectiva donde el contribuyente pone el lienzo, la pintura… y también el marco.
Porque claro, aquí no se roba con pasamontañas ni se fuerza una cerradura. Aquí se roba algo mucho más valioso, el tiempo de todos. El tiempo de quien madruga, de quien cotiza, de quien desespera en una lista de espera interminable mientras otros aguardan … a que acabe el mes para cobrar sin haber empezado.
Y lo más fascinante no es el hecho en sí, sino la normalidad con la que se digiere. Como si formar parte de este gran teatro fuera inevitable. Como si el ciudadano tuviera que resignarse a ser figurante en una función donde siempre paga la entrada… pero nunca decide el guion.
Mientras tanto, desde el escenario, los discursos siguen sonando solemnes. Se habla de justicia social, de equidad, de derechos. Palabras grandilocuentes, muy grandes… quizá demasiado, porque acaban tapando lo pequeño, el detalle incómodo de una administración que, en lugar de servir, se sirve.
En el Patio de Monipodio del siglo XXI ya no hace falta jurar lealtad entre pícaros. Basta con mirar hacia otro lado. O mejor aún, hacia arriba, donde se reparten las responsabilidades… hasta que desaparecen.
Y así seguimos, entre aplausos enlatados de las focas de estomagos agradecidos y silencios cómplices, asistiendo a esta tragicomedia nacional donde los únicos que nunca fallan son los de siempre…, los que pagan.
Porque al final, en este país, el mayor delito no es robar.
Es hacerlo… y que no pase nada.
Salva Cerezo

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Política,

Última Actualización: 06/05/2026

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