Hubo un tiempo, no tan lejano, en que los jóvenes españoles cambiaban el mando a distancia por el fusil, el chándal por el uniforme, y el “mamá, no tengo hambre” por un “¡a sus órdenes, mi sargento!”. Se llamaba mili, y aunque no era un resort de verano, servía para pulir el ego, aprender a compartir latas de fabada y descubrir que el mundo no giraba alrededor de uno mismo.
Pero llegó el siglo XXI, ese en el que todo lo incómodo se considera un trauma, y España decidió que ya era hora de liberar a sus jóvenes del suplicio del esfuerzo. Se acabó la instrucción militar… y empezó la instrucción emocional. Adiós al rancho, hola al brunch. Adiós al toque de corneta, hola al toque de notificación y así nos luce el pelo.
Mientras en media Europa los países reimplantan el servicio militar obligatorio, quizá porque notan que se les escapa el sentido del deber entre tanto influencer, aquí seguimos creyendo que la mejor defensa nacional es un buen WiFi y un filtro de TikTok patriótico.
Antes, el servicio militar te enseñaba a levantarte temprano, obedecer órdenes y convivir con gente de Murcia, Lugo o Albacete. Hoy, el servicio civil del joven medio consiste en sobrevivir a un día sin batería, un jefe que exige puntualidad o una crítica en redes.
¿Disciplina? Anticuada. ¿Responsabilidad? Obsoleta. ¿Esfuerzo? Tóxico.
La generación de cristal ya no necesita cuarteles, tiene redes sociales, donde cada uno es su propio comandante y soldado del like.
Quizá reinstaurar la mili no sea la panacea, pero algo habría que hacer para recordar que la vida no es un tutorial con puntos de guardado. Porque sin esfuerzo, sin límites y sin roce con la realidad, el país no fabrica ciudadanos… fabrica espectadores. Mientras tanto muchos jóvenes en vez de estar en paro, podrían estar ganando un sueldo y quien sabe si también optar a una profesión tan digna como defender la patria, y os lo dice un amante de la libertad como yo.
Y mientras tanto, el resto de Europa se prepara. Aquí, en cambio, seguimos convencidos de que el patriotismo se demuestra subiendo una historia con la bandera.
Salva Cerezo