Hay políticos que dejan legado, otros dejan recuerdo y algunos, más hábiles, dejan huella… sin mancharse los zapatos. Pedro Sánchez pertenece a esta última categoría, que consiste en el arte de caminar sobre el sistema sin parecer que se pisa nada, aunque el suelo acabe lleno de grietas.
José Antonio Zarzalejos deja al descubierto al presidente, en La huella de Sánchez, en él no habla de un gobierno, sino de algo más sofisticado, un método. Porque gobernar es complicado, pero permanecer es un arte. Y Sánchez, como buen funambulista, ha aprendido, quizás por la escuela de su suegro, a avanzar tensando la cuerda del consenso hasta convertirla en un cable de alta tensión… que siempre electrocuta a otros.
El libro describe un país donde todo sigue igual… pero nada es lo mismo. La Constitución continúa en la estantería, intacta, bien encuadernada, pero se consulta como esos manuales de instrucciones que nadie lee, tan solo cuando el aparato ya se ha roto. No se cambia la ley, se cambia el significado. No se rompe el sistema, se reinterpreta. Y si algo chirría, se sube el volumen del relato.
El viejo consenso del 78, ese pacto imperfecto pero funcional, ha sido sustituido por el consenso selectivo. conmigo o contra mí. El adversario ya no discrepa, molesta. Y cuando molesta demasiado, se le explica que lo excepcional es normal, lo temporal es permanente y lo inaceptable… pedagógico.
Las alianzas parlamentarias, nos dicen, son pura aritmética. Cierto. Pero curiosamente siempre suman aunque resten principios. Antes se hablaba de líneas rojas; hoy se habla de tonos, que es más elegante y no compromete. El poder ya no necesita razón, solo relato, y si el relato no cuadra, se ajusta la realidad.
Zarzalejos sugiere algo incómodo como es que España no vive una ruptura, sino algo más peligroso, una anestesia lenta. Las instituciones siguen ahí, pero cansadas. La separación de poderes no se quiebra, se estira. El Estado de Derecho no se viola, se fatiga. Y la ciudadanía, entre escándalo y escándalo, aprende a convivir con lo que antes habría provocado dimisiones en cadena… hoy solo provoca bostezo.
Eso sí, todo se hace en nombre del progreso, de la estabilidad y, por supuesto, de frenar a “los otros”, esa nebulosa moral donde cabe cualquiera que no aplauda. Porque nada cohesiona más que un enemigo bien definido, aunque cambie cada semana.
La huella de Sánchez, según el libro, no será una estatua ni una fecha en los libros de historia. Será algo más sutil, la normalización de lo anormal, la idea de que gobernar es resistir, que la ética es negociable y que el poder, si se ejerce con suficiente convicción, acaba teniendo razón.
Y así, sin ruido de botas ni golpes de Estado, el sistema sigue en pie… pero cojeando. Eso sí, con sonrisa, con discurso optimista y con la certeza de que, pase lo que pase, siempre habrá alguien dispuesto a decirnos que España va como un tiro.
Aunque nadie sepa muy bien a dónde.
Salva Cerezo