Dicen los viejos refranes que la sabiduría popular suele acertar más que muchos programas electorales redactados a toda prisa en una sede de partido. Y viendo el panorama político español, uno no puede evitar recordar aquel dicho castizo: “Si no sabes torear, ¿pa qué te metes?”.
Las elecciones en Castilla y León han vuelto a ofrecernos el mismo espectáculo de siempre, candidatos que prometen el oro, el moro y hasta la luna de Valladolid, partidos que descubren de repente los problemas del campo como si los agricultores hubieran aparecido la semana pasada, y discursos llenos de soluciones milagrosas que curiosamente desaparecen en cuanto se cierran las urnas.
Porque en política autonómica pasa algo muy curioso, en el que cada elección parece histórica… pero el resultado suele ser previsible. Los partidos se reparten el ruedo, la izquierda se diluye y la derecha obligada a pactar, mientras los votantes hacen de respetable público y, al final, la faena termina casi siempre en lo mismo, pactos, sillones y declaraciones solemnes sobre “la estabilidad institucional”.
Mientras tanto, el ciudadano de a pie contempla el espectáculo como quien va a los toros sin saber muy bien si está viendo una corrida o una capea improvisada.
En Castilla y León, como en tantas otras comunidades autónomas, la política se ha convertido en una especie de gira electoral permanente. Hoy toca Valladolid, mañana tocará Andalucía, pasado mañana Galicia… y así sucesivamente, en una especie de feria itinerante donde cada partido monta su caseta y vende su mercancía ideológica.
Eso sí, todos prometen exactamente lo mismo, o sea
más prosperidad, menos impuestos, mejores servicios, más futuro para los jóvenes, más apoyo al campo, más industria, más de todo.
Un programa tan completo que uno se pregunta cómo es posible que, después de cuarenta años de democracia autonómica, todavía estemos esperando a que llegue ese paraíso prometido.
Lo más divertido llega después de las elecciones. Entonces comienzan las matemáticas parlamentarias, las líneas rojas que se vuelven rosas, los pactos “imposibles” que de repente se vuelven imprescindibles y las explicaciones creativas para convencer al votante de que lo que ayer era intolerable hoy es responsabilidad institucional.
En ese momento es cuando uno vuelve a pensar en el refrán.
Porque gobernar no es repartir promesas como si fueran caramelos en campaña. Gobernar es tomar decisiones difíciles, gestionar recursos escasos y responder ante los ciudadanos cuando las cosas no salen bien.
Y ahí es donde muchos toreros de salón descubren que una cosa es agitar el capote en un mitin y otra muy distinta plantarse delante del toro de la realidad.
Así que, visto lo visto, quizá la pregunta más honesta que deberíamos hacerles a muchos aspirantes a gobernar no es qué van a prometer en campaña.
La pregunta es mucho más simple.
Si no saben torear… ¿pa qué se meten?
Salva Cerezo