Dicen que la historia siempre se repite, primero como tragedia y luego como comedia. Y en España, últimamente, ya ni tragedia, directamente sainete con subvención.
Porque claro, mientras medio país hace malabares para llegar a fin de mes, aparece una nueva epopeya digna de Netflix: la flotilla solidaria rumbo a Cuba, capitaneada nada menos que Pablo Iglesias. Uno ya no sabe si esto es política internacional o una reedición caribeña de Vacaciones en el mar, pero con más ideología y menos vergüenza.
La escena es maravillosa, revolucionarios de salón embarcando con destino a la isla donde el tiempo se detuvo… pero solo para los demás. Porque ellos no van en patera, no; van en versión “conciencia social premium”, con billete de ida, fotos para redes y discurso preparado. Eso sí, de vuelta mejor en business, que la revolución cansa mucho.
Mientras tanto, en tierra firme, el Gobierno de Pedro Sánchez decide ponerse manos a la obra… o mejor dicho, manos al lodo. Porque lo que nos venden como soluciones urgentes a los efectos de la guerra son ya conocidos como los “lodos decretos”: llegan tarde, mal y con ese aroma inconfundible a parche improvisado.
Y es que aquí no hay guerra que valga cuando lo que hay es una batalla interna de campeonato. En una esquina del ring, Sumar, en la otra el PSOE, y en medio los ciudadanos… haciendo de saco de boxeo sin cobrar entrada.
Los decretos llegan con la rapidez de un caracol con resaca, pero eso sí, acompañados de ruedas de prensa épicas donde todo es histórico, social y progresista. Luego uno mira la letra pequeña… y descubre que lo histórico es que siempre pagan los mismos.
Porque la verdadera magia de estos “lodos decretos” es que prometen aliviar… pero lo único que alivian es la conciencia del que los firma. Para el resto, más impuestos disfrazados, más incertidumbre y más titulares grandilocuentes.
Eso sí, no perdamos la perspectiva, mientras discutimos si el parche es suficiente o no, siempre podemos mirar al horizonte… y ver esa flotilla rumbo a Cuba, ondeando la bandera de la coherencia… aunque sea en modo irónico.
Al final, todo encaja. Unos juegan a la revolución turística y otros a gobernar con barro. Y entre tanto, el ciudadano, ese figurante eterno, sigue esperando algo tan revolucionario como que alguien haga las cosas bien.
Pero tranquilos… seguro que ya están preparando otro decreto. O otra travesía.
Lo que llegue antes.
Salva Cerezo