En España tenemos un problema muy serio con las mantas. No porque falten, sino porque cuando alguien decide levantarlas, empiezan a salir más cosas que en un trastero sin ordenar desde la Transición.
Y ahí tenemos a Víctor de Aldama, que ha pasado de ser un figurante de fondo a protagonista inesperado del gran teatro político nacional, todo un personaje con mano de hierro y guante de seda. Lo que viene siendo un “yo pasaba por aquí” que, de repente, empieza a recordar demasiado.
Porque ya lo dice el refrán: “Quien mucho sabe, pronto estorba.”
Y cuando alguien estorba, no se le rebate… se le rodea.
De preocupación.
De sospechas.
Y, por supuesto, de ese clásico institucional llamado: “hay que garantizar su seguridad”.
Curioso concepto este de la seguridad en España.
No aparece cuando pasan las cosas… aparece cuando alguien las cuenta.
De repente, todo son nervios. No por lo que ha ocurrido, eso parece que ya estaba asumido, sino por el pequeño detalle de que ahora alguien lo está verbalizando sin pedir turno de palabra.
Y claro, eso es peligrosísimo. No por la verdad en sí… sino por el efecto dominó.
Porque si uno tira de la manta…
¿Quién asegura que no venga otro con más frío y tire más fuerte?
Aquí es donde entra el viejo arte del toreo político, ese que todos conocemos bien, templar, distraer y, si hace falta, cambiar el capote por una cortina de humo. Y mientras tanto, los ciudadanos asistiendo a la faena con cara de, “esto ya lo he visto antes”.
Porque sí, esto suena. Suena a otros tiempos, a otros nombres, a otras tramas que empezaron igual,
con un “esto no es nada”…
y acabaron siendo un “mejor no preguntes”.
Pero lo verdaderamente fascinante no es el caso… es la reacción.
Ese silencio incómodo.
Esa prudencia repentina.
Ese “vamos a ver qué pasa” que en realidad significa “a ver hasta dónde llega”.
Porque en este país, el problema nunca es el fuego…
es el humo cuando ya no se puede disimular.
Y mientras tanto, el ciudadano, ese ser mitológico al que todos apelan pero nadie escucha, empieza a atar cabos. Y cuando el ciudadano ata cabos, pasan dos cosas:
Que ya no se cree nada.
Que empieza a creerse lo peor.
Y ahí sí que hay peligro.
Porque si algo da miedo de verdad no es Víctor de Aldama hablando…
es que la gente empiece a entender.
Así que nada, tranquilidad.
Aquí no pasa nada.
Solo una manta que se mueve sola, unos cuantos nervios mal disimulados y un país entero preguntándose si, esta vez sí…
alguien ha tirado del hilo equivocado.
Salva Cerezo

Categorizado en:

Política,

Última Actualización: 22/03/2026

Etiquetado en:

,