Dicen que todo llega en esta vida, el verano, las rebajas… y, cómo no, el momento en que la realidad llama a la puerta sin pedir permiso. Y cuando llama, no viene con ramo de flores, sino con toga, mazo y cara de pocos amigos.
Porque mientras el viernes asistíamos a un nuevo episodio del “más difícil todavía” protagonizado por Pedro Sánchez y su inseparable troupe de equilibristas institucionales, con Sumar haciendo de red de seguridad, lo verdaderamente relevante se iba deslizando por debajo de la alfombra como quien no quiere la cosa.
Pero la alfombra, ay amigo lector, tiene esquinas.
Y resulta que el calendario, ese traidor silencioso que no atiende a ruedas de prensa ni a relatos prefabricados, marca una fecha incómoda: el uno de abril. Curioso día para que empiece algo que, para algunos, no tiene ni pizca de broma.
Ese día, Begoña Gómez se sentará en el banquillo. No en uno de esos sillones mullidos donde se decide el rumbo del país entre aplausos y argumentarios, sino en el otro. El de madera. El que cruje.
Y delante, no habrá asesores, ni spin doctors, ni tertulianos de guardia afinando el relato. Habrá un jurado popular. Nueve ciudadanos de a pie. Nueve desconocidos. Nueve miradas que no entienden de eslóganes, ni de “y tú más”, ni de cortinas de humo.
Casi como en 12 hombres sin piedad, pero sin guion y con la realidad como única directora.
Lo verdaderamente fascinante de todo esto no es el juicio en sí, que ya es suficientemente llamativo, sino el repentino silencio selectivo de quienes hasta ayer mismo dominaban el arte del ruido. Esos mismos que convertían cualquier sospecha en conspiración y cualquier crítica en ataque a la democracia.
Ahora, en cambio, toca mirar al techo.
Porque cuando el foco deja de ser un plató y pasa a ser una sala judicial, la narrativa pierde brillo y gana peso. Y el peso, como sabemos, no se disimula con hashtags.
Se nos dijo durante años que todo era fango. Que todo era persecución. Que todo era una maniobra orquestada por oscuros intereses. Pero claro, llega un momento en el que el fango empieza a tener forma… y nombre.
Y ya no basta con señalar al mensajero.
Ni con agitar a la parroquia digital, esa legión de tuiteros en modo orangután, siempre dispuestos a aplaudir o a rugir según marque el argumentario del día. Porque el ruido, por mucho que suba el volumen, no tapa el sonido seco de un martillo de juez.
Tampoco parecen suficientes esas misteriosas cloacas que, según algunos, solo existen cuando conviene… pero que, según otros, funcionan con presupuesto, nómina y hasta factura. Porque cuando las cifras salen a la luz, ya no son teorías, son números. Y los números, como el calendario, tampoco entienden de propaganda.
Así que aquí estamos.
En ese punto exacto donde el relato se agota y empieza la realidad. Donde las cortinas de humo se disipan… y dejan ver lo que hay detrás.
Porque al final, por mucho que se intente retrasar, adornar o maquillar, siempre llega ese instante incómodo.
Ese en el que ya no hay escapatoria.
Ese en el que, simplemente…
llega la hora.
Salva Cerezo

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Política,

Última Actualización: 24/03/2026

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