España, ese país donde puedes decir lo que quieras… siempre que no moleste demasiado a quien tiene el dedo cerca del interruptor.
El último episodio nos lo regala la periodista Ketty Garat, que cometió el atrevimiento de opinar sin pedir permiso. Y claro, en estos tiempos eso ya no es periodismo, es deporte de riesgo.
Según lo publicado, el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero no habría encajado muy bien las críticas. Pero lejos de responder con argumentos, esa vieja costumbre democrática, la reacción habría sido más… directa. Más de llamada que de debate. Más de trastienda que de tribuna.
Y es que hemos evolucionado mucho.
Antes se prohibía hablar.
Ahora, simplemente, se intenta que no te escuchen.
Porque el problema ya no es lo que dices… sino el eco que generas.
En esta nueva versión de la caverna de Platón, nadie te encadena. Ni falta que hace. Basta con bajar el volumen de tu micrófono mientras se amplifica el de otros. Libertad de expresión, sí… pero con mesa de mezclas.
El mensaje es claro,
Si aplaudes, eres plural.
Si criticas, eres incómodo.
Y si insistes… empiezas a sobrar. Que se lo pregunten a Patxi López con Vito Quiles y su estúpida pregunta de qué Le parecía que la asesina etarra estuviera disfrutando de la libertad.
Mientras tanto, el poder juega a ese arte tan refinado de no estar, pero estar. De no ordenar, pero influir. De no censurar… pero sugerir con suficiente intensidad como para que alguien entienda el recado.
Todo muy moderno. Muy democrático. Muy… silencioso.
Porque al final, la verdadera censura del siglo XXI no necesita leyes espectaculares ni titulares escandalosos. Le basta con algo mucho más sencillo, una llamada en el momento adecuado.
Así que sí, podemos seguir repitiendo que vivimos en una sociedad libre.
Pero convendría no olvidar la letra pequeña,
la libertad de expresión existe…
hasta que alguien decide bajar el volumen.
Sala Cerezo

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Política,

Última Actualización: 27/03/2026

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