España se ha convertido en una gigantesca caja de resonancia donde todo suena… pero poco se resuelve. El último escándalo, un cántico en un estadio de Girona en el partido de la selección española contra Egipto. Terremoto mediático, tertulias inflamadas y guardianes de la moral saliendo en tromba, como si de pronto hubiéramos descubierto que en los campos de fútbol se dicen cosas poco edificantes.
Eso sí, curiosamente, los mismos oídos tan finos para detectar ese cántico llevan años usando tapones industriales cuando los insultos van dirigidos a España, a la Jefatura del Estado o, simplemente, a millones de españoles. Ahí no hay ruido. Ahí hay “contexto”, “libertad de expresión” o directamente silencio administrativo.
Porque en este país hemos elevado la hipocresía a disciplina olímpica, indignarse mucho… pero sólo cuando toca.
Mientras tanto, Cataluña vive en una realidad paralela donde el debate incómodo se guarda en el cajón de “ya si eso otro día”. La inseguridad crece, la convivencia se resiente y la inmigración descontrolada se convierte en ese tema prohibido que todos conocen pero que nadie quiere tocar, no vaya a ser que se rompa el frágil equilibrio del relato.
Y así seguimos con mucho ruido mediático, muchas consignas, muchas etiquetas… pero pocas nueces. Pocas soluciones, pocas decisiones y, sobre todo, poca valentía para afrontar lo que realmente preocupa a la gente.
Al otro lado del Atlántico, el espectáculo no desmerece. Donald Trump sigue demostrando que gobernar también puede ser un ejercicio de improvisación permanente. La destitución de Pam Bondi por su gestión del caso Epstein suena menos a decisión de Estado y más a rabieta de magnate con mando a distancia.
La imagen internacional empieza a resentirse, lo que antes era firmeza ahora parece capricho, y lo que se vendía como liderazgo empieza a parecer desorientación con presupuesto ilimitado.
El famoso “oso rojo” ya no impone tanto; más bien desconcierta. Porque cuando se actúa sin rumbo, incluso la fuerza pierde credibilidad.
Y así, entre estadios convertidos en tribunales morales, problemas reales escondidos bajo la alfombra y líderes que gobiernan a golpe de impulso, el panorama se resume perfectamente en el refrán:
Mucho ruido… y pocas nueces.
Y como remate, vuelve a resonar la advertencia eterna de Séneca:
“Ningún viento es favorable para quien no sabe a qué puerto se dirige.”
El problema es que aquí hay demasiados soplando… y muy pocos sabiendo a dónde van.
Salva Cerezo

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Política,

Última Actualización: 04/04/2026

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