Dicen que la política internacional es un tablero de ajedrez. Pero últimamente se parece más a una partida de dominó en el bar del barrio, con golpes en la mesa, frases grandilocuentes y algún que otro cubata derramado.
Por un lado, tenemos a Trump, que aparece en escena como ese amigo que llega tarde a la discusión pero lo arregla todo en dos frases:
—“Esto en dos semanas está solucionado. Europa no ayuda. Yo sí sé cómo hacerlo.”
Y claro, uno se imagina a los líderes europeos mirándose entre ellos como quien escucha al cuñado en Nochebuena explicando cómo arreglar el mundo entre el segundo plato y el turrón.
Porque lo de “en dos o tres semanas” no es un plan, es un eslogan. Es como prometer ponerse en forma el lunes… sin especificar de qué año.
Mientras tanto, Europa sigue en su deporte favorito, el debate infinito. Reuniones, cumbres, comunicados… y la sensación de que cuando terminen de ponerse de acuerdo, la guerra ya habrá cambiado tres veces de guion.
Y en medio de este escenario de alta tensión internacional, aparece España… pero no como actor principal, sino como ese figurante que entra en plano con chanclas.
Porque justo cuando el mundo está para pocas bromas, nuestro presidente decide regalarnos una escena digna de Berlanga, un aterrizaje del Falcon en la base de Morón… rumbo a Doñana.
Ahí es donde la geopolítica se convierte en costumbrismo ibérico.
Trump golpeando la mesa en Washington:
—“¡Europa no hace nada!”
Y desde el sur de España, casi se escucha:
—“Un momento, que estoy aparcando.”
Es la versión política del “sujétame el cubata”, pero con avión oficial. Un gesto que no sabes si catalogar como provocación, desconexión o simplemente tradición nacional, porque cuando las cosas se complican… nos vamos al campo.
Porque Doñana no es solo un parque natural; es también un estado mental. Un lugar donde los problemas internacionales se ven más pequeños, como si fueran flamencos al fondo del horizonte.
Y así estamos.
Uno prometiendo resolver guerras como quien arregla una avería del coche.
Otros discutiendo quién trae las herramientas.
Y aquí, disfrutando del paisaje… no vaya a ser que el estrés nos pille trabajando.
Al final, la sensación es que el mundo arde, pero cada uno está a lo suyo.
Unos vendiendo soluciones exprés, otros fabricando burocracia… y alguno aprovechando el buen tiempo.
Eso sí, si la guerra se acaba en dos semanas, que nos avisen.
Más que nada… para que dé tiempo a volver de Doñana.
Mientras tanto seguiremos presumiendo de nuestros legionarios cantando el soy el novio de la muerte durante el traslado del Cristóbal de Mena en Málaga.
Salva Cerezo

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Política,

Última Actualización: 03/04/2026

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