España, ese país donde las casualidades se encadenan con una precisión casi suiza… pero sin relojero visible.
En plena madrugada de Jueves Santo, momento ideal para la reflexión espiritual y, por lo visto, también para los movimientos estratégicos, Pedro Sánchez decide dar otro giro de guion digno de serie política de alto presupuesto. Movimiento rápido, casi quirúrgico: cambio en la cúpula de Indra y nuevo presidente, Ángel Simón, aterrizando en el tablero.
Nada fuera de lo normal… si no fuera porque hablamos de una pieza clave en algo tan delicado como el recuento electoral.
Pero tranquilos, que aquí siempre hay un mensaje tranquilizador preparado: todo es legal, todo es transparente y todo entra dentro de la más estricta normalidad democrática. Una normalidad tan insistente que empieza a parecer extraordinaria.
Mientras tanto, el ciudadano, ese ser mitológico al que se invoca cada cuatro años, observa cómo las piezas encajan, con Correos por un lado, Telefónica por otro, y ahora Indra completando el triángulo.
Y uno no puede evitar pensar en ese viejo refrán actualizado versión siglo XXI:
“Quien controla los datos… controla el relato.”
Por supuesto, nadie está diciendo que se vaya a producir fraude. Faltaría más. En este país somos muy respetuosos con las formas… aunque a veces el fondo se nos quede mirando desde la esquina con cara de sospecha.
Para añadir un toque de suspense al guion, aparece en escena la Junta Electoral Central, que decide poner freno al DNI electrónico por la imposibilidad de garantizar su control total.
Nada grave. Solo un pequeño detalle técnico en pleno siglo XXI. Una minucia sin importancia… salvo porque afecta directamente a la confianza en el sistema.
Pero aquí seguimos, avanzando con paso firme hacia el futuro… aunque de vez en cuando tengamos que mirar hacia atrás para comprobar si alguien está contando bien.
Porque el verdadero problema no es lo que ocurre, sino lo que parece que podría ocurrir.
La democracia no solo debe ser limpia, sino parecerlo. Y cuando demasiadas piezas sensibles caen bajo una misma órbita, la sombra de la sospecha empieza a alargarse… aunque nadie quiera encender la luz.
Y así, entre dimisiones estratégicas, nombramientos exprés y decisiones técnicas oportunas, el ciudadano medio se queda con esa incómoda sensación de estar viendo una partida en la que no conoce las reglas… pero intuye que no juega en igualdad de condiciones.
Porque al final, como diría Séneca si levantara la cabeza:
“La confianza, una vez rota, hace más ruido que mil explicaciones.”
Y en este país, últimamente… el ruido no para de crecer.
Salva Cerezo