Hay decisiones políticas que rozan lo complejo… y luego están las que rozan el milagro. Esta es de las segundas. Legalizar a cerca de un millón de personas, pedirles un certificado de penales, pero no policial, y anunciar, sin despeinarse, que el coste será de 900 millones frente a un beneficio de 9.000 de PIB. Así, con esa elegancia contable que convierte cualquier problema en una oportunidad… siempre que se mire desde lejos.
Porque el planteamiento tiene su encanto. Usted trae un papel que dice que no tiene antecedentes, y el sistema, confiado y optimista por naturaleza, decide no hacer más preguntas. Es el nuevo paradigma administrativo, si el dato no se contrasta, se convierte automáticamente en verdad. Una especie de fe burocrática donde el sello vale más que la realidad.
Y claro, con esa base tan sólida, las cuentas salen solas. Invertimos poco, ganamos mucho. Un negocio redondo. Tan redondo que recuerda a esas promociones irresistibles donde todo parece incluido… hasta que empiezan a aparecer los “pequeños detalles”.
Porque los detalles, curiosamente, siempre quedan fuera del titular. El coste administrativo de gestionar semejante volumen de regularizaciones, por ejemplo, debe de ser cosa menor, casi decorativa. El sistema sanitario, que ya venía caminando en la cuerda floja, se supone que absorberá el impacto con la misma naturalidad con la que uno añade una gota más a un vaso lleno.
Y la vivienda… bueno, la vivienda es ya un problema previo, así que añadir más presión debe de ser, en algún despacho, una forma creativa de no empeorarlo.
La escena recuerda bastante a ese juego de las sillas en el que cada vez hay más participantes y el mismo número de asientos. La diferencia es que aquí la música no la para nadie, y el que se queda de pie no siempre tiene dónde sentarse después.
Mientras tanto, la integración se da por hecha. Automática, casi instantánea. Como si bastara con un documento para encajar en un sistema que ya muestra signos de fatiga. Pero la realidad, terca como siempre, no suele seguir el ritmo de los decretos.
Y así, entre cálculos optimistas y silencios estratégicos, se construye un relato impecable, una operación rentable, ordenada y beneficiosa para todos. Un triángulo perfecto donde la intención es loable, los números son brillantes y las consecuencias… quedan fuera de plano.
Porque al final, el verdadero milagro no es económico ni social. Es narrativo.
Convertir una cuestión compleja en una ecuación simple, donde todo suma… siempre que nadie se entretenga en mirar dentro del círculo. Y de paso una supuesta captación de votos a costa de otro desastre social.
Salva Cerezo

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Humanidad,

Última Actualización: 17/04/2026

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