En este mundo moderno, donde la geopolítica se parece cada vez más a una tragicomedia mal ensayada, los papeles cambian con una facilidad pasmosa. El villano de ayer, sancionado, señalado y arrinconado, despierta hoy convertido en emperador energético sin haber disparado una sola bala más de las necesarias. Cosas del destino… o de la torpeza ajena.
Porque mientras el planeta se enreda en conflictos cruzados y tensiones cuidadosamente mal gestionadas, el famoso cuello de botella del estrecho de Ormuz se convierte en el gran protagonista involuntario. El tráfico de petróleo se tambalea, los mercados se ponen nerviosos, como siempre, y el precio del crudo inicia su ascenso místico hacia los altares de la especulación.
Y ahí aparece Rusia.
Discreta, paciente, casi humilde. Esperando su turno como quien aguarda en la cola de una panadería… solo que vendiendo gas y petróleo al mundo entero. Lo que hace unos meses eran sanciones, hoy son oportunidades. Lo que antes era aislamiento, ahora es dependencia. Y lo que era un villano incómodo, se convierte en un socio imprescindible.
Porque cuando falta energía, sobran principios.
China, siempre pragmática, ajusta su brújula moral con la misma facilidad con la que firma contratos. Europa, por su parte, se mantiene firme… en su desconcierto. Observa, analiza, debate… y cuando quiere reaccionar, el mercado ya ha cerrado y Rusia ha cobrado.
Estados Unidos, fiel a su estilo, amenaza con contundencia… pero a distancia. Una especie de liderazgo por megafonía que suena muy bien, pero que no siempre llega a tiempo.
Y mientras tanto, Ucrania sigue siendo ese tablero donde se juega una partida que parece tener ya ganador económico antes incluso de tener un desenlace político.
Porque no hace falta conquistar territorios cuando puedes conquistar mercados.
Y en medio de este delicado equilibrio global, España.
Ese ejemplo brillante de solidaridad involuntaria, donde repostar gasolina se convierte en un acto casi humanitario. Aquí no solo llenas el depósito, sino que contribuyes al bienestar energético de Portugal, alivias tensiones en Francia y, con un poco de suerte, participas en el equilibrio económico del norte de África.
Una ONG con surtidores.
Mientras tanto, el Estado, con una eficacia digna de estudio, sigue recaudando con precisión quirúrgica. No importa si el ciudadano ajusta su vida, recorta gastos o hace malabares para llegar a fin de mes. La maquinaria fiscal no descansa. Nunca lo hace.
Y en la cúspide de este equilibrio imposible, el liderazgo.
Ese arte sutil de estar en todas partes sin influir en ninguna. De proyectar imagen internacional mientras la realidad doméstica se gestiona con la esperanza de que nadie mire demasiado de cerca.
Un papel complejo, sin duda. Pero tremendamente útil… para otros.
Al final, la historia se repite con una elegancia casi ofensiva.
El villano no desaparece. Evoluciona.
Se adapta.
Espera.
Y cuando el mundo se desordena lo suficiente, simplemente recoge los beneficios.
Sin prisa.
Sin ruido.
Sin pedir permiso.
Salva Cerezo