Dicen que el algodón no engaña. Y debe de ser cierto, porque últimamente lo pasamos por las cuentas públicas… y sale más sucio que el mono de un mecánico en vendimia.
Resulta que los fondos europeos, esos que venían con etiqueta de “progreso”, “modernización” y “futuro”, han acabado convertidos en lo que en casa llamaríamos “para ir tirando”. Traducido, tapar agujeros. Pero no agujeros metafóricos, no… agujeros muy reales, como los socavones en carreteras, las vías ferroviarias que parecen diseñadas por un aprendiz de montaña rusa, o los cauces de los ríos que solo se limpian cuando ya han arrasado medio pueblo.
Eso sí, luego llegan las riadas, los accidentes y los “nadie podía preverlo”. Debe de ser que prever en este país cotiza como el sentido común, a la baja. Esos sí, cada revolcón de Ábalos nos costó un punto del PIB.
Mientras tanto, los presupuestos… en paradero desconocido. Cuatro años sin ellos, pero con una creatividad contable que haría sonrojar al mismísimo Lazarillo de Tormes. Porque donde no hay planificación, hay parche. Y donde hay parche… ya sabemos quién termina pagando la tela.
Spoiler: no son los responsables. Apuesto mi postre preferido a que terminamos los pensionistas siendo los que pagamos el pato.
El truco es más elegante. Se señala al pensionista. Ese señor o señora que ha cotizado toda su vida, que ahora pasa a ser, poco menos, que el villano de la película por el simple hecho de seguir vivo. Porque claro, vivir demasiado empieza a ser un problema presupuestario. ¡Qué falta de consideración!.
Y mientras tanto, uno se pregunta: ¿qué clase de élite dirigente hemos construido? Porque llamarles “gestores” empieza a parecer un chiste interno. Personas que, en cualquier empresa privada, no durarían ni el periodo de prueba, manejando miles de millones con la soltura de quien juega al Monopoly… pero con dinero de verdad. El nuestro.
Y lo mejor, si la cosa se tuerce, no pasa nada. Se paga la cobertura jurídica con cargo al erario. Es decir, que tú pagas el error… y también la defensa del que lo comete. Un modelo redondo. Para ellos.
Para el ciudadano medio, en cambio, la justicia es ese lujo que se contempla desde lejos, como los yates en el puerto, que sabes que existen, pero no están hechos para ti.
Y cuando uno cree que ya lo ha visto todo, llega la última genialidad del mercado, como la de vender viviendas calculando la esperanza de vida del propietario. Frío, matemático, casi poético en su crudeza. Ya no se compra una casa… se compra un horizonte vital con informe adjunto.
Ahí es cuando aquel viejo dicho cobra un sentido inquietante:
«No quiero a mis hijos con buenos principios.»
Claro. Porque en un mundo donde el mérito estorba, la ética penaliza y la picaresca se premia, criar a alguien con valores es casi condenarlo a ser espectador en lugar de jugador.
Y sin embargo, quizá ahí esté la última resistencia. Porque cuando todo se compra, se vende o se maquilla… lo único verdaderamente subversivo es mantener la decencia.
Aunque, visto lo visto, no cotiza. De momento.
Salva Cerezo

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Última Actualización: 07/05/2026

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