Decía Søren Kierkegaard que “la angustia es el vértigo de la libertad”. Y viendo el panorama actual, uno empieza a sospechar que la humanidad vive permanentemente agarrada a una barandilla emocional mientras espera la próxima alarma sanitaria patrocinada por el telediario de las nueve.
Cuando aún no nos habíamos recuperado del festival vírico de los últimos años, aparece ahora el norovirus. El nombre ya suena a villano de película de Marvel o a nuevo modelo de coche eléctrico chino. La noticia, es un crucero en Florida con cien afectados por problemas estomacales. Hace veinte años eso se llamaba “haber comido algo en mal estado en el bufé libre”. Hoy es una amenaza planetaria con gráficos en rojo, expertos en televisión y previsiones apocalípticas acompañadas de música de suspense.
El ciudadano moderno ya no vive; monitoriza síntomas. Antes uno tenía gases y se tomaba una manzanilla. Ahora consulta tres aplicaciones, cuatro tertulias médicas y acaba convencido de que es el paciente cero de la próxima catástrofe global. Y mientras tanto, las farmacéuticas observan el espectáculo como quien contempla una máquina tragaperras funcionando sola: tilín, tilín, tilín.
Porque el negocio del miedo cotiza mejor que muchas criptomonedas. Cada nueva alerta genera expertos, subvenciones, contratos, campañas institucionales y toneladas de ansiedad perfectamente empaquetada. Ya no se venden medicinas; se vende tranquilidad emocional en cómodos plazos.
Mientras tanto, en España seguimos inmersos en nuestra propia pandemia nacional como es el absentismo laboral. Un fenómeno digno de estudio antropológico. Según los datos, las comunidades donde más crecen las ausencias al trabajo son Canarias, País Vasco y Cantabria. Lo cual demuestra que el español ha evolucionado hacia una nueva filosofía existencial, trabajar menos para evitar el estrés… de las futuras pandemias.
No es vagancia, cuidado. Es “autoprotección preventiva”. Uno nunca sabe cuándo puede aparecer el virus del cansancio democrático, la fatiga institucional o la gastroenteritis emocional provocada por escuchar una rueda de prensa del Gobierno.
Y en mitad de este ambiente de vértigo colectivo aparece la siempre inspirada María Jesús Montero, popularmente ya convertida en “Chus Montero” por la sabiduría popular, dejando caer, en plena campaña andaluza, que la muerte de los dos guardias civiles fue un “accidente laboral”.
Una frase con la sensibilidad de una excavadora sin frenos.
Quizá la ministra se inspiró en Friedrich Nietzsche y aquello de que “no hay hechos, sino interpretaciones”. Porque claro, visto así, todo depende del enfoque, si uno resbala en la ducha es mala suerte; si dos guardias civiles mueren arrollados por narcotraficantes, quizá sea simplemente “siniestralidad laboral avanzada”.
La declaración ha tenido el mismo efecto que intentar apagar un incendio con gasolina. Justo cuando la campaña andaluza ya parecía una cuesta abajo sin frenos, alguien decidió cortar también los frenos de mano.
España vive instalada en una montaña rusa emocional donde cada semana hay una nueva alarma, una nueva indignación y un nuevo disparate político. Y mientras el ciudadano intenta no marearse, el Gobierno, la oposición, las farmacéuticas y los tertulianos compiten por ver quién provoca más vértigo.
Eso sí, siempre por nuestro bien. Como diría Kierkegaard, la angustia nace de la libertad. Pero viendo el panorama nacional, aquí la angustia empieza a venir más bien de las ruedas de prensa.
Salva Cerezo