He leído el libro de ketty Garat y lo recomiendo encarecidamente.
España ya no necesita series políticas. Nos basta con abrir un libro. Y si encima el título es Todos los hombres de Sánchez, el lector ya sabe que no va a encontrar precisamente una guía de meditación budista, sino una mezcla entre Juego de Tronos, House of Cards y una reunión de vecinos en plena derrama.
Porque lo que describe el libro no parece un gobierno, sino una agencia de colocación emocional donde las lealtades duran menos que un helado en agosto y donde cada “compañero” lleva en el bolsillo una sonrisa… y en la espalda un puñal de repuesto.
Aquí nadie asciende por casualidad. Todo tiene su liturgia. Primero hay que repetir tres veces “Pedro resiste” delante del espejo. Luego demostrar capacidad para sobrevivir a contradicciones imposibles sin que se mueva una ceja. Y finalmente superar la prueba definitiva, defender hoy exactamente lo contrario de lo que dijiste ayer con absoluta naturalidad zen.
Y claro, en medio de la trama aparecen los personajes secundarios convertidos en protagonistas involuntarios. Ábalos, Koldo, Santos Cerdán… nombres que ya forman parte del folklore nacional, como el toro de Osborne o las croquetas de la abuela. Uno ya no sabe si pertenecen a un partido político o al elenco de una película de Berlanga rodada en una gasolinera de carretera.
Lo fascinante es cómo en España hemos normalizado lo surrealista. Antes, cuando un gobierno acumulaba escándalos, la gente se llevaba las manos a la cabeza. Ahora se lleva el móvil al bolsillo para comprobar si hay nuevas filtraciones antes de la hora del café.
Y mientras tanto, el ciudadano medio contempla el espectáculo con resignación antropológica: —“Bueno… a ver qué capítulo toca hoy.”
Porque esto ya no es política. Es una plataforma de streaming institucional.
Cada semana hay una trama nueva, que si audios, que si comisiones, que si fontaneros, que si mensajes borrados, que si amistades peligrosas, que si uno que pasaba por allí, que si otro que no conocía de nada a alguien con quien cenaba tres veces por semana.
Y siempre aparece la frase mágica: —“Yo me enteré por la prensa.”
En España hay presidentes que no se enteran de nada. Debe de ser durísimo gobernar un país desde dentro y descubrir lo que ocurre leyendo titulares mientras desayunas.
El libro, en el fondo, retrata una verdad incómoda, el poder moderno ya no funciona con ideologías, sino con fidelidades personales, marketing emocional y control del relato. Hoy la política se parece menos a un parlamento y más a una productora audiovisual donde lo importante no es gobernar, sino manejar la narrativa del capítulo siguiente.
Y ahí Sánchez ha demostrado ser un auténtico superviviente de élite. Si Maquiavelo levantara la cabeza, pediría unas prácticas en Moncloa.
Mientras tanto, España sigue adelante como ese pasajero de avión que escucha ruidos extraños en el motor, mira alrededor, ve que nadie se inmuta… y decide seguir comiendo cacahuetes para no pensar demasiado.
Porque en este país hemos alcanzado una fase superior de adaptación, donde ya no distinguimos entre crisis política y entretenimiento nocturno.
Y quizá por eso libros como Todos los hombres de Sánchez no se leen como ensayos políticos… se leen como novelas de suspense.
Solo que aquí, desgraciadamente, los personajes son reales… y la factura también.
Salva  Cerezo

Categorizado en:

Política,

Última Actualización: 23/05/2026

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