Vivimos en la era de los móviles inteligentes, los relojes inteligentes, los coches inteligentes y hasta las neveras inteligentes. Lo único que parece cada vez más despistado es el ser humano. Hemos creado una sociedad tan obsesionada con correr, producir, aparentar y llegar a todo… que al final no llegamos ni a nosotros mismos.
Antes el padre salía de casa con una barra de pan y volvía con media docena de amigos saludados por el camino. Hoy sale con el niño, el portátil, el café térmico, tres llamadas pendientes, una reunión por Zoom, la cabeza hipotecada y el alma en modo avión.
Y entonces ocurre lo insoportable.
Un bebé olvidado en un coche bajo el sol. Una vida apagada por un despiste imposible de comprender para quien lo mira desde fuera… pero desgraciadamente posible en esta maquinaria social que convierte a las personas en robots agotados. Y detrás queda un padre o una madre condenados a cadena perpetua emocional. Porque hay cárceles sin barrotes mucho peores que cualquier prisión.
La sociedad reaccionará como siempre, primero el horror, luego los tertulianos de guardia, después los jueces de Twitter y finalmente el olvido colectivo… hasta la próxima tragedia. Porque aquí todo dura menos que una batería de móvil.
Hemos construido un mundo donde se nos exige ser trabajadores perfectos, padres perfectos, parejas perfectas, ciudadanos perfectos y además sonreír en Instagram mientras nos desmoronamos por dentro. Dormimos poco, vivimos rápido y pensamos menos. El estrés ya no es una enfermedad, sino un estilo de vida homologado por el sistema.
Nos venden felicidad en cómodos plazos, un coche nuevo, otro móvil, vacaciones financiadas y una televisión más grande para ver cómo el mundo se derrumba en alta definición. Pero nadie vende tiempo. Nadie vende calma. Nadie vende abrazos sin prisa.
Y mientras tanto, la mente humana empieza a fallar como un ordenador saturado de ventanas abiertas. El cerebro no distingue entre una reunión urgente, un recibo pendiente, un mensaje del jefe o llevar al niño a la guardería. Todo entra en la trituradora mental del “no llego, no llego, no llego”.
Qué ironía tan cruel, nunca habíamos tenido tantas comodidades y jamás habíamos estado tan rotos por dentro.
La tragedia de un niño olvidado no es solo un error humano; es también el espejo de una sociedad enferma de velocidad y desconexión emocional. Una civilización donde un padre puede amar con locura a su hijo y, aun así, sufrir un fallo devastador provocado por una mente colapsada.
Pero claro, eso no cabe en un eslogan publicitario.
Quizá el verdadero progreso no consista en fabricar coches que aparquen solos, sino en construir vidas donde las personas no vivan al borde del colapso. Tal vez el lujo auténtico no sea un reloj de miles de euros, sino poder desayunar mirando a tus hijos sin tener la cabeza secuestrada por veinte preocupaciones.
Porque cuando una sociedad convierte al ser humano en una máquina de producir… tarde o temprano las máquinas fallan.
Y el precio, a veces, es insoportablemente doloroso.
Salva Cerezo