Se cumplen ocho años de aquella moción de censura vendida como una cruzada contra la corrupción. Venían con la escoba en alto prometiendo limpiar España y, al final, lo único que han barrido ha sido la paciencia y el bolsillo de los españoles.
Hoy el país parece un mercadillo político donde todo se compra: votos, apoyos parlamentarios y silencios incómodos, siempre con dinero ajeno, que para eso Hacienda somos todos… menos los que deciden cómo se reparte el botín. Porque repartir riqueza es facilísimo cuando primero se la sacas al ciudadano a pellizcos diarios; lo difícil es crearla, y ahí el motor lleva años gripado.
Mientras tanto, Sánchez sigue instalado en su búnker climático-espiritual, hablando del planeta, de la salud mundial y echando alguna mirada trascendental al Valle de los Caídos, como si el problema de España fuese la humedad de las piedras y no la ruina de las familias.
El panorama es tan desolador que hasta alcaldes socialistas empiezan a pedir elecciones antes de que el tsunami les arrastre también el sillón municipal. Los socios del Frankenstein, expertos en llamar “lawfare” a cualquier juez que no les aplauda, ya empiezan a recoger cable y a insinuar adelantos electorales… eso sí, sin atreverse a mover una moción de censura, no vaya a ser que se acabe la nómina y la posibilidad de seguir exprimiendo la ubre antes de que se muera la vaca.
Y la oposición tampoco parece correr demasiado. Quizá porque heredar este solar económico, social y migratorio se parece más a aceptar una casa incendiada que a ganar unas elecciones. Así que, mientras todos calculan tiempos y encuestas, los ciudadanos seguimos rezando al patrón de los imposibles para que, cuando termine el viaje, quede algo más que las alforjas vacías.
Salva Cerezo