España está entrando en esa fase inquietante donde uno ya no sabe si vive en una democracia moderna o en una reposición tropical de “Aló Presidente”. Resulta que, en plena emisión de
Horizonte de Iker Jiménez, desaparece misteriosamente la señal de Cuatro en Movistar. Casualidad, dirán algunos. Claro… y las pirámides las hicieron unos albañiles con prisas.
Porque en este país ya no se censura con tanques ni con militares entrando en televisiones. Ahora se hace de manera más sofisticada, pantallazo negro, fallo técnico, disculpen las molestias y aquí no ha pasado nada. La nueva censura viene con fibra óptica y atención al cliente.
Lo curioso es que siempre fallan las emisiones cuando alguien molesta demasiado al poder. Nunca se corta una tertulia sobre croquetas veganas o un documental de pingüinos deprimidos. No. La avería llega cuando alguien hace preguntas incómodas. Qué puntería tiene la tecnología progresista.
Mientras tanto, el ciudadano contempla la escena con la misma cara que pone al mirar la factura de la luz, resignación mezclada con sospecha. Y muchos empiezan a preguntarse cuántas bajas sufrirá la plataforma. Porque el espectador puede aguantar anuncios, subidas de tarifas e incluso que le metan veinte series turcas seguidas… pero que le toquen el mando a distancia ideológico ya es otra cosa.
Y es que el problema no es solo el corte. El problema es el ambiente. Ese olor a pensamiento único donde discrepar empieza a parecer deporte de riesgo. Hoy desaparece una emisión. Mañana quizá desaparezca una opinión. Y pasado mañana, directamente, desaparece el que pregunta.
Por eso viene al pelo aquella frase de Winston Churchill: “Se necesita valentía para levantarse y hablar; también se necesita valentía para sentarse y escuchar”.
Aquí algunos solo aceptan la primera parte… siempre que hablen ellos.
Salva Cerezo

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Política,

Última Actualización: 29/05/2026

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