Hay fechas que no solo aparecen en el calendario; también se graban en la memoria de los pueblos. El 4 de julio es una de ellas.
En 1776, trece colonias decidieron que ya estaba bien de recibir órdenes desde el otro lado del océano y firmaron una declaración que cambió la Historia. Aquellos hombres, con sus muchas virtudes y sus no pocos defectos, tuvieron algo que hoy escasea: la convicción de que una nación solo puede sobrevivir si sus ciudadanos sienten que pertenecen a un mismo proyecto.
Estados Unidos será muchas cosas. Exagerados hasta para freír un huevo, capaces de convertir cualquier acontecimiento en un espectáculo con fuegos artificiales, música, banderas y aviones dibujando estelas en el cielo. Un país joven, lleno de contradicciones y de miles de excentricidades.
Pero hay una virtud que resulta difícil no admirar… y, por qué no decirlo, también envidiar.
Cuando suena el himno o se iza la bandera, millones de americanos dejan aparcadas, aunque sea por unos minutos, sus diferencias políticas. Republicanos, demócratas, conservadores o progresistas miran la misma bandera. No preguntan primero a quién vota el de al lado para decidir si merece compartir patria.
Confieso que esa sensación volvió a recorrerme el pasado 4 de julio, mientras contemplaba la previa del partido entre Francia y Paraguay. Más que un encuentro deportivo, aquello parecía un homenaje colectivo al orgullo de pertenecer a una nación. Música, respeto, emoción… y miles de personas recordando que antes de discutir cómo quieren gobernarse, saben perfectamente quiénes son.
Y entonces uno inevitablemente mira hacia Europa…
Nosotros, que inventamos la filosofía, el Derecho, las universidades y buena parte de la cultura occidental, parecemos empeñados en competir por el campeonato mundial del enfrentamiento permanente. Aquí discutimos por las banderas, por los himnos, por la historia, por el idioma, por las fronteras… y, si nos sobra un rato, discutimos también por discutir.
Da la impresión de que algunos políticos han descubierto que dividir da más votos que unir. Y, como buenos comerciantes de la discordia, venden enfrentamientos al precio de saldo mientras la convivencia paga la factura.
Qué paradoja. Una nación con apenas dos siglos y medio presume de sentirse una sola familia, mientras un continente con miles de años de civilización parece empeñado en olvidar que su mayor fortaleza siempre fue caminar unido.
No se trata de copiar a nadie. Ni siquiera de idealizar a Estados Unidos, que bastante tiene con sus propios problemas. Se trata de comprender una lección sencilla, ningún pueblo prospera si deja de sentirse pueblo.
Porque una bandera no debería servir para separar a unos ciudadanos de otros, sino para recordarles que, cuando llegan las dificultades, todos están en el mismo barco.
Quizá el verdadero patriotismo no consista en gritar más fuerte que nadie, sino en cuidar aquello que permite seguir llamándonos nación.
Europa haría bien en recordarlo antes de seguir empeñada en autodestruirse. Porque las civilizaciones rara vez desaparecen por culpa de sus enemigos; normalmente empiezan a derrumbarse el día que olvidan aquello que las mantenía unidas.
Y esa sí que es una independencia que no deberíamos perder jamás.
Aristóteles dijo: «Somos lo que hacemos repetidamente. La excelencia, entonces, no es un acto, sino un hábito.
Salva Cerezo

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Humanidad,

Última Actualización: 06/07/2026

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