Dicen que el jabón lo limpia todo. No es verdad. Hay manchas que ni el detergente industrial consigue borrar. Pero para eso se inventó la política moderna: cuando no puedes limpiar la realidad… limpias el relato.
Mientras Trump se hacen fotografías con corruptos dirigentes de la FIFA para quitar una tarjeta roja a un jugador de USA envueltos en polémicas para vender concordia internacional, Pedro Sánchez se afana en retirar medallas a Vallejo Najera, concedidas hace décadas. Al parecer, remover el pasado resulta mucho más cómodo que fregar el presente.
Es el nuevo deporte nacional.
Ya no gana quien gobierna mejor, sino quien consigue el mejor lavado de imagen.
Unos blanquean expedientes.
Y otros blanquean alianzas.
Y algunos pretenden blanquear hasta su propia hemeroteca con lejía parlamentaria de alta concentración.
La lavadora institucional funciona a pleno rendimiento. Introducen corrupción, cesiones, contradicciones, promesas incumplidas y algún que otro escándalo de temporada. Pulsan el programa «Memoria Histórica, lavado delicado» y, al cabo de una hora, todo sale perfumado con aroma a democracia de calidad.
Lo extraordinario es que el centrifugado siempre expulsa la suciedad… hacia el adversario.
Mientras tanto, los ciudadanos observan ojiplaticos el espectáculo con la misma cara que quien lleva meses intentando quitar una mancha de vino de una camisa y descubre que el Gobierno asegura haberla eliminado… cambiando simplemente de camisa.
Hay una curiosa obsesión por ajustar cuentas con quienes ya no pueden responder. Los muertos se han convertido en los rivales políticos más cómodos: no conceden entrevistas, no presentan querellas y, sobre todo, no votan.
Con los vivos, en cambio, la prudencia es infinita.
No vaya a ser que alguno sostenga una mayoría parlamentaria.
Resulta paradójico que se retiren honores del pasado mientras cuesta tanto exigir responsabilidades en el presente. Es como si un árbitro expulsara al delantero que jugó la final hace cincuenta años mientras permite que el partido de hoy continúe con varias faltas sin señalar.
Y hablando de deporte, conviene recordar una vieja lección que jamás pasa de moda: la vida enseña mucho más cuando se pierde que cuando se hace trampas para aparentar que se ha ganado.
Porque perder con dignidad suele fortalecer el carácter.
Lo que destruye a las personas y a los gobiernos no son las derrotas, sino la obsesión por maquillarlas.
Por eso me quedo con esa magnífica reflexión:
«Que el pasado sea un trampolín, no un sofá.»
El trampolín impulsa hacia delante.
El sofá invita a quedarse tumbado contemplando viejas fotografías mientras se intenta convencer a todos de que el problema siempre fue el vecino.
Y así seguimos, entre lavados de imagen, centrifugados ideológicos y suavizantes para la conciencia.
Lo malo no es que algunos quieran reescribir la Historia.
Lo verdaderamente preocupante es que crean que basta con cambiar las etiquetas del detergente para que desaparezcan las manchas.
Porque, al final, la verdad tiene una incómoda costumbre: puede tardar en salir… pero nunca admite lavado en frío.
Salva Cerezo

Categorizado en:

Política,

Última Actualización: 08/07/2026

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