Cuenta la leyenda que por donde pasaba el caballo de Atila no volvía a crecer la hierba. Viendo el estado en que va quedando España, empiezo a sospechar que el rey de los hunos ha pedido la nacionalidad por la vía urgente y hasta un puesto de asesor en algún ministerio.
¿Os acordáis de cuando Pedro Sánchez llegó a la Moncloa y una de sus prioridades nacionales fue cambiar el colchón de Mariano Rajoy? Aquello parecía el símbolo del nuevo tiempo.
El problema es que, al ritmo que vamos, el próximo inquilino no tendrá que preocuparse del colchón. Bastará con encontrar el edificio en pie… y, con un poco de suerte, alguna cucaracha superviviente que pueda declarar como testigo protegido.
Porque dejar un país limpio parece estar pasado de moda. Ahora lo moderno consiste en dejar un rastro de escándalos, investigaciones, asesores, comisiones, enchufes y un sinfín de titulares que obligan a ampliar los juzgados por exceso de trabajo.
Mientras tanto, los Falcon y los Airbus VIP parecen haber descubierto el movimiento perpetuo. Viajes oficiales, semioficiales, oficiosos o simplemente fotogénicos. Ochenta plazas para desplazar a quien haga falta… o a quien sobre.
Eso sí, cuando el monte arde y hacen falta hidroaviones, siempre aparece el mismo cartel: «No disponibles». Debe de ser que apagar incendios da menos votos que inaugurar una sonrisa delante de una cámara.
Los socios del Gobierno tampoco desaprovechan la ocasión. Han convertido la legislatura en un bufé libre. Cada semana un menú distinto: competencias, privilegios, condonaciones, inversiones o cualquier otra delicatessen política.
Pagan los mismos de siempre, mientras los comensales discuten únicamente quién se queda con el último trozo de tarta.
Y luego está la política internacional, ese arte donde las explicaciones oficiales son tan transparentes que nadie consigue verlas. Después de escuchar a Donald Trump cargar contra España durante meses, de repente suaviza el discurso. Uno no sabe si hubo diplomacia, magia, una oferta irrechazable o simplemente alguien encontró el botón del silencio. Lo cierto es que las casualidades en política suelen durar exactamente lo que tarda un periodista en hacer la siguiente pregunta.
Por si faltaba algo, ahora sobrevuela la posibilidad de que la final del Mundial de 2030 acabe disputándose en Casablanca en lugar del Santiago Bernabéu. Sería el broche perfecto para una época en la que España parece especializada en organizar la fiesta… para que la foto final se la haga otro.
Pero la historia tiene una mala costumbre para quienes se creen eternos: siempre acaba pasando factura. Ningún caballo galopa para siempre, ningún imperio es inmortal y ningún poder consigue domesticar indefinidamente la voluntad de un pueblo que termina despertando.
Decía Pablo Neruda que «podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera». Quizá esa sea la mejor noticia. Porque, aunque algunos se empeñen en dejar la tierra como si hubiera pasado el caballo de Atila, siempre acaba apareciendo alguien dispuesto a sembrar de nuevo.
Y eso, por fortuna, todavía no ha logrado expropiarlo ningún gobierno.
Salva Cerezo

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Humanidad,

Última Actualización: 13/07/2026

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