Hay fechas que cambian la historia. El 14 de julio de 1789, el pueblo francés tomó la Bastilla y puso patas arriba a la monarquía. El 14 de julio de 2026, España decidió devolver la visita, aunque esta vez sin guillotinas, sin Robespierre y con un árbitro que, afortunadamente, no hablaba francés.
Dicen los historiadores que la Bastilla simbolizaba el poder absoluto. Hoy, más de dos siglos después, Francia continúa conservando algunas costumbres: una cierta arrogancia futbolística, la eterna convicción de que el champán es mejor que nuestro cava y la manía de pensar que cualquier cosa con una baguette tiene más categoría.
Pero llegó España.
No venían soldados con mosquetes, sino once muchachos vestidos de rojo, armados con talento, descaro y la peligrosa costumbre de tocar el balón hasta que el rival empieza a preguntarse si se ha dejado las gafas en el vestuario.
A las tres de la tarde, hora americana; a las nueve de la noche, hora española, comenzó el asedio. En una esquina, los herederos de Napoleón. En la otra, los descendientes de Don Pelayo, El Cid y Luis Aragonés. La historia estaba servida.
Los franceses, fieles a su tradición revolucionaria, esperaban escuchar aquello de «Liberté, Égalité, Fraternité». Los españoles respondieron con un lema mucho más eficaz: «Pásala al que esté solo».
Y funcionó.
Mientras en París alguien empezaba a esconder la Torre Eiffel detrás de una maceta, en España los balcones recuperaban banderas que llevaban años escondidas en algún cajón por miedo a ser confundidas con una declaración política. Porque hay una cosa maravillosa del fútbol: durante noventa minutos, todos somos seleccionadores nacionales, expertos tácticos y patriotas a tiempo parcial.
Las redes sociales, ese lugar donde habita la cordura, se llenaron de mensajes históricos. Algunos proponían sustituir el 14 de julio francés por una festividad compartida: «La Toma de la Bastilla 2.0». Otros pedían que la Marsellesa incorporase unas castañuelas en señal de respeto al vencedor.
Mientras tanto, en el Palacio del Elíseo, Emmanuel Macron debió de comprender lo que sintió Luis XVI cuando escuchó aquello de: «Majestad, esto no es una revuelta». A lo que el rey respondió: «¿Entonces qué es?». Y el ayudante contestó: «Es una revolución». O, en este caso, una semifinal.
España vuelve a estar donde merece, demostrando que este país puede discutir durante meses sobre política, economía, pensiones o el precio del aceite de oliva, pero que, cuando rueda un balón, se convierte en una nación perfectamente organizada. Algo que no han conseguido ni cuarenta años de democracia, ni Bruselas, ni los manuales de autoayuda.
Así que levantemos nuestras copas. Brindemos por los héroes de pantalón corto. Y enviemos a nuestros vecinos del norte un afectuoso mensaje de fraternidad:
«Queridos franceses, no os preocupéis. La Bastilla siempre puede reconstruirse. Lo importante es participar… aunque esa frase, curiosamente, tampoco la inventasteis vosotros.»
Y colorín, colorado, este asalto ha terminado. La tortilla española se merendó a la francesa
¡Viva España y que alguien vaya avisando a Inglaterra y Argentina de que el ejército rojo sigue avanzando!
Salva Cerezo