Dicen que el fútbol es el deporte del pueblo. Debe ser del pueblo de Qatar, Dubái o de algún emirato perdido entre dunas y rascacielos, porque para asistir a la final del Mundial en Nueva York hay que hipotecar hasta el perro.
La gran final hablará español. España y Argentina medirán sus fuerzas en el césped mientras millones de hispanohablantes se preparan para hacer lo que mejor saben: discutir sobre árbitros, banderas y si la tortilla lleva cebolla. Un acontecimiento histórico que unirá a ambos lados del Atlántico… aunque sea delante del televisor del salón.
Porque asistir en persona es otra cosa. Entre vuelo, hotel, entrada y el inevitable bocadillo de jamón confiscado en el aeropuerto, la aventura no baja de los 10.000 dólares. Y eso si uno tiene la suerte de encontrar una entrada antes de que la reventa haga su magia y convierta un asiento en el equivalente al PIB de una pequeña república bananera.
El fútbol moderno ya no es el deporte rey. Es una empresa multinacional con más departamentos financieros que un banco suizo. La FIFA descubrió hace tiempo que el balón rueda mejor sobre alfombras de billetes. Aquellos tiempos en los que un padre llevaba a su hijo al estadio han sido sustituidos por ejecutivos con acreditación VIP, jeques sonrientes y celebridades que preguntan en qué minuto se cambia de campo.
Pero el verdadero espectáculo podría no estar en el terreno de juego, sino en el palco. Hay serias dudas sobre la asistencia de Pedro Sánchez junto al rey Felipe VI. Una ausencia que privaría al mundo de una fotografía irrepetible: Sánchez, Trump y Milei compartiendo asiento mientras intentan aparentar cordialidad.
Imaginen la escena:
Trump repartiendo consejos sobre cómo hacer América, y el fútbol, grande otra vez. Milei explicando que el mercado debería decidir el resultado del partido y Sánchez intentando convencerles de que, en realidad, todo es culpa de la ultraderecha y de una herencia recibida de los Reyes Católicos.
El rey Felipe, mientras tanto, haría lo que mejor saben hacer los monarcas: sonreír discretamente y preguntarse en qué momento de la Historia decidió aceptar este trabajo.
No cabe duda de que el protocolo tendría trabajo extra. ¿Quién estrecharía primero la mano de quién? ¿Quién aguantaría más tiempo sin poner los ojos en blanco? ¿Sería capaz Trump de resistir noventa minutos sin hablar de aranceles? ¿Y Milei sin llamar «casta» a medio estadio?
Mientras tanto, miles de aficionados españoles y argentinos harán cuentas en casa. Algunos descubrirán que es más barato pasar quince días en las Maldivas que asistir a una final del Mundial. Otros llegarán a la conclusión de que, por el precio de una entrada, pueden cambiar el coche, reformar la cocina y todavía les sobra para invitar a los vecinos a una paella.
Al final, el Mundial seguirá hablándonos de unidad, fraternidad y valores universales. Lo hará desde palcos exclusivos, con copas de champán a temperatura perfecta y entradas cuyo precio ofendería hasta al mismísimo Pelé.
Eso sí, hay algo que nadie podrá comprar: la emoción de escuchar un «¡gooooool!» en español. Porque, aunque la final se juegue en Nueva York y las entradas cuesten un riñón y parte del otro, el idioma de la pasión seguirá siendo el mismo.
Y si Sánchez finalmente no acude, siempre nos quedará la duda de qué habría sido más difícil: ganar a Argentina o sobrevivir noventa minutos sentado entre Trump y Milei.
El que quiere hacer algo encuentra un medio; el que no quiere encuentra una excusa.
Salva Cerezo