Dicen los psicólogos que el ser humano posee una extraordinaria capacidad para acostumbrarse a casi todo. A la felicidad, al dolor, al lujo y, por desgracia, también a la indecencia. Lo llaman adaptación hedónica.
Traducido al castellano de toda la vida: aquello que ayer nos parecía un milagro, mañana nos parece un derecho adquirido.
Pregúntenle si no a nuestros políticos.
Imaginen por un momento a un diputado recién estrenado. Jura su cargo con la emoción del primer amor, promete servir al pueblo y descubre que el sueldo es más generoso que el menú degustación de un restaurante con estrellas. Coches oficiales, asesores, viajes, dietas, aplausos y un cómodo colchón de privilegios. Todo parece extraordinario.
Pero la adaptación hedónica es cruel. Lo extraordinario dura lo que duran los turrones en Navidad. A los pocos meses, aquello ya no es un privilegio, sino una conquista irrenunciable. Y lo que era un servicio público se convierte en patrimonio particular.
Entonces aparece la gran pregunta: ¿para qué estoy aquí?
La respuesta debería ser sencilla: para mejorar la vida de los ciudadanos. Sin embargo, algunos parecen haberla sustituido por otra mucho más prosaica: para mejorar la mía y, si sobra algo, la de los míos.
Quizá así comenzó el hartazgo que desembocó en la Revolución Francesa. El pueblo descubrió que trabajaba para sostener un sistema donde unos pocos vivían extraordinariamente bien mientras predicaban la austeridad para los demás. Cambian las pelucas empolvadas por los trajes italianos y los carruajes por los Falcon, pero el olor del privilegio tiene la desagradable costumbre de sobrevivir a los siglos.
El campesino francés entregaba parte de su cosecha al señor feudal. El ciudadano del siglo XXI entrega una porción creciente de su trabajo en forma de impuestos mientras contempla cómo algunos administradores de lo público parecen haber confundido el Boletín Oficial del Estado con el tablón de anuncios familiar.
La historia cambia de vestuario, pero no siempre de guion.
Volvamos al experimento psicológico. Cobras un millón de euros al día por pintar un cuadro que será destruido inmediatamente. Al principio aceptarías encantado. Después comenzarías a preguntarte qué sentido tiene seguir pintando si tu obra está destinada a desaparecer.
Ahora sustituyan el cuadro por las promesas electorales.
Nuestros representantes políticos llevan décadas pintando magníficos cuadros llamados vivienda digna, listas de espera razonables, conciliación familiar, independencia judicial o regeneración democrática.
El problema es que, una vez terminadas las elecciones, los contemplan durante unos segundos y los rompen delante de nuestros ojos para comenzar a pintar otros nuevos cuatro años después.
La diferencia es que ellos siguen cobrando el millón diario.
También nosotros padecemos nuestra particular adaptación hedónica. Nos hemos acostumbrado al escándalo cotidiano con una naturalidad preocupante. Un caso de corrupción nos indigna durante cuarenta y ocho horas.
A la semana siguiente aparece otro que ocupa su lugar. Lo que hace veinte años habría provocado una dimisión inmediata hoy apenas consigue unos cuantos mensajes indignados en las redes sociales antes de volver a nuestra rutina.
Nos estamos acostumbrando demasiado rápido a lo que nunca debería parecernos normal.
El dinero puede comprar el sí inicial, pero jamás debería comprar la permanencia. Lo que mantiene viva una vocación es el significado de lo que hacemos. Cuando desaparece el propósito, sólo queda el interés.
Quizá el problema de nuestra política no sea únicamente económico, sino profundamente filosófico. Hemos confundido el servicio con la profesión, la representación con el privilegio y el compromiso con la permanencia en el cargo.
La Revolución Francesa no comenzó por falta de pan. Comenzó cuando el pueblo comprendió que unos pocos habían olvidado para quién gobernaban.
Cuando los privilegios se convierten en costumbre y las obligaciones en una molestia, la historia suele comenzar a afilar su memoria.
Por eso conviene recordar que el ciudadano también posee una extraordinaria capacidad de adaptación, pero tiene un límite. El día que deja de encontrar sentido al sacrificio que se le exige mientras contempla el privilegio ajeno, comienza a preguntarse si el cuadro merece la pena.
Y cuando un pueblo empieza a hacerse demasiadas preguntas, algunos palacios terminan quedándose peligrosamente vacíos.
Como decía aquel viejo lema francés: libertad, igualdad y fraternidad. Tres palabras que algunos han conseguido adaptar hedónicamente hasta convertirlas en un simple eslogan electoral.
Y eso sí que no tiene ningún significado trascendental.
Salva Cerezo